Hijo de Nadie. Primera Parte.


1


Juan circulaba lentamente en su bicicleta. Estaba cansado, la ruta estaba oscura y nadie lo esperaba en su casa. No hacía frío y era una buena noche para ver el cielo pintado de estrellas que las luces de la ciudad no permitían disfrutar.


La gente de ciudad no sabía apreciar la tranquilidad de una vida sin obligaciones. No iba a negar que a veces se le hacía duro no tener algo para el puchero, pero siempre había algún alma caritativa que le regalaba lo que le había sobrado de la noche anterior, o le daba algún paquete de fideos o de arroz que no estaba usando.  Siempre conseguía algo de yerba para hacerse unos mates y nunca faltaba quien le tirara algunos huesos a los perros, tan callejeros como él, que  daban vueltas en esa casilla medio desvencijada a la que le decía casa.


Vio movimientos cerca del puentecito que cruzaba el arroyo. Eran perros, se gruñían entre sí. Aminoró la pedaleada, porque si se estaban peleando por comida iba a intentar distribuirla, para que no se lastimen y cada uno tenga una parte. Se les acercó. El olor era algo fétido, considerando que estaba acostumbrado a los olores fuertes, de cosas acumuladas por varios días. Era olor a muerto. Quizás los perros forcejeaban con alguna liebre que llevaba algunos días pudriéndose.


Se acercó. Buscó en su bolsillo un encendedor para ver qué era lo que tenía a los perros tan alterados. Lo que vio le provocó una nausea enorme y ganas de vomitar. En su vida de linyera había visto muchas cosas, pero nada tan horrendo, tan terrible, tan inhumano como ese cuerpito destrozado.


Espantó a los perros como pudo. Quiso llevarse eso que quedaba de lo que había sido un chiquito, buscar un lugar para darle cristiana sepultura y rezarle una oración por esa almita que había sufrido semejante crueldad. Ser abandonado y comido por los perros, vaya a saber si no lo mataron, imaginó el dolor y el sufrimiento de ese bebé. Pensó. Debía avisar a la policía. Recordó alguna serie que había visto en el televisor del bar donde solía tomarse un vaso con vino. Había que preservar la escena del crimen. ¿Qué crimen si acá los asesinos eran esos perros de porquería?


No quería irse, pero tampoco podía quedarse y encima no pasaba ni un solo auto para pedirle que lo acerque al pueblo o que le avise a la policía mientras él se quedaba para espantar a los animales y que no lastimaran lo que quedaba.


Miró para todos lados. Ni una luz de faros de coche, ni una sombra de nadie que viniera caminando o en bicicleta como él, ni una lamparita a lo lejos que le indique que aún  había gente dando vueltas en alguna casita cercana y que llamaran por teléfono a la policía. No quería dejarlo solo. No quería dejarlo ahí. No quería sentir que lo abandonaba, como ya alguien lo había dejado solo y abandonado, a la suerte de esos animales salvajes.


A su pesar, sólo le quedaba la opción de irse, esperando que los perros no terminaran de destrozar lo que quedaba de lo que había sido un niño, o una niña, una criatura muy chiquita que no comprendía cómo había llegado hasta ahí.




2



Los agentes del destacamento del pueblo lo miraban incrédulos. Dudaban si el viejo Juan estaba borracho o los pibes del centro de la ciudad vecina, a donde iba a mendigar, le habían dado alguno de esos cigarros con yuyos raros.  Solo alucinando podría haber visto algo así.


Juan sentía desesperación. Necesitaba que agarraran el patrullero y fueran hasta ahí, que rescataran al nene, que nadie merecía ese final, menos un chiquito que no había cometido ninguna maldad, un angelito que tenía que ser enterrado en camposanto. ¿Por qué estos tipos eran tan necios? ¿Por qué no le creían que había visto el cuerpito de un bebé a la vera de la ruta y que los perros cimarrones se lo estaban disputando como cena?


El tiempo pasaba y Juan pensaba en cómo estaría resistiendo el chiquito el embate de los perros. Por alguna extraña razón, Juan necesitaba sacarlo de ahí, rescatarlo, él sentía que a esa criatura le dolía cada mordisco de los perros, que debería sentir frío ahí, en la ruta, con el airecito que venía del arroyo. Que las piedras y cardos le lastimaban la piel cuando uno de los perros le ganaba la presa a otro y lo arrastraba hacia un rincón alejado de la jauría.


Entre mate y mate, los agentes le daban largas al tema. Que no podían, que si venía el comisario y no los veía ahí los iba a sancionar, que seguramente había visto mal y era una liebre o algún bicho que el confundió con una criatura. No había forma de convencerlos. En ese momento le daba bronca ser un pobre linyera, un mendigo y no un tipo con plata, coche, pinta, que seguramente le habrían creído. El ruido de un motor que se acercaba al puesto policial y se detenía los distrajo. Era el comisario. Juan se le acercó, con mirada implorante.


-Por favor, comisario, tiene que venir conmigo.


-¿Qué pasa, Juan?


-Hay una criaturita que se la están comiendo los perros, en la ruta a la ciudad, cerquita del arroyo, por favor, comisario, estos dos no me dan bola.


El comisario lo miró. Sabía cuándo Juan estaba borracho o medio delirante. Pero esa mirada suplicante nunca se la había visto. Y nunca se la iba a olvidar. Los ojos de Juan traslucían el miedo a algo superior y  creía que si no hacía algo iba a recibir un castigo.


-El nene tiene que ser enterrado en camposanto, señor, se lo están comiendo.


Fuera lo que fuera que los perros estuvieran comiendo, ya estaba muerto. Animal o persona. El peligro era que esos perros se comenzaran a acostumbrar a comer carne humana y, si así era, investigar si habían asesinado ellos a la criatura. Porque podían volver a atacar y representar un peligro para el resto de la comunidad que circulaba por la zona.


-Vamos, subite al coche que te llevo- se dirigió a los agentes- avisen a la comisaría de la ciudad, que manden un equipo para la zona y se encuentren conmigo, que yo no sé si ahí tengo buena señal. Si es cierto lo que dice Juan, vamos a tener una noche movida.


Los agentes se miraron. No sabían si les hablaba en serio o solo se estaba burlando del linyera.


-¿Qué miran? Rápido, muévanse, hagan lo que les digo y no me jodan, que si esto es cierto, vamos a tener flor de quilombo.


Le hizo una seña a Juan para ir juntos hasta el auto. De repente la mirada del hombre se había llenado de gratitud. Subieron y marcharon hasta el lugar de la ruta donde había visto el cuerpito.


-Te hiciste una linda recorrida, Juan. ¿Tan lejos está?


-Sí, comisario, cerquita del arroyo, ahí estaban los perros.


-¿Vos estás seguro, no? ¿No me vas a hacer movilizar a toda la gente al pedo?


Juan se hizo una cruz con los dedos sobre la boca.


-Se lo juro, señor. Sé muy bien lo que mis ojos vieron.


En el fondo, el comisario quería que Juan mintiera. Era un hombre duro, su profesión le había hecho ver muchas cosas, pero la muerte de una criatura era algo que nunca había podido soportar. Mucho menos una tan despiadada como la que le había tocado a este chico en particular.



3


Maldijo. Maldijo para sus adentros, maldijo a viva voz, puteaba murmurando y en voz alta a cada paso que daba. No podía decir otra cosa que puteadas y maldiciones a los hijos de mil putas que habían dejado que a un chiquitín se lo coman los perros. El asco que sentía era más por el dolor de ver a un nene inocente e indefenso muerto y mutilado, disputado por los animales como si fuera un premio, que por el olor fétido que desprendía el cuerpito.

-Juan, ¿vos siempre venís por acá?

-Si, jefe.

-¿Y nunca viste nada?

-No, señor, hoy fue la primera vez que vi a los perros tan enloquecidos y me acerqué con la idea de repartirles al bicho que se estaban comiendo. Porque yo pensaba que se peleaban por un bicho muerto, no por un chico.

-Este pibito no murió hoy, Juan.


El comisario alumbraba con una linterna muy potente que siempre llevaba en el baúl de su coche. Cuando dijo esas palabras había iluminado la cara del vagabundo. No dudaba de lo que decía. Su cara reflejaba la misma incredulidad que sentía él. Pero a ese pequeño cadáver lo habían plantado en ese lugar hacía pocas horas, no más allá de ese mismo día.


-Comisario, yo no entiendo de esas cosas, yo solo sé que a ese angelito hay que darle cristiana sepultura para que Diosito lo guarde y tenga paz en su almita.


Juan no comprendía de requisitos judiciales, ni de autopsias, ni de investigaciones. Juan no sabía nada sobre todo lo que se venía detrás de ese hallazgo. Juan sólo quería tener piedad con ese bebé. Esa piedad que quien lo había dejado ahí, a la buena de Dios, no le había tenido.


 El móvil que el comisario había pedido a los agentes del puesto llegó y bajaron otros agentes que venían de la ciudad. El comisario se acercó, dejando a Juan parado ahí, en medio de esa desolación que sentía.

-Buenas, comisario, que anda pasando, los muchachos nos contaron algo, pero no suena creíble.

-Vayan y vean ustedes, con sus propios ojos, y díganme que no suena creíble.


Con un gesto de la linterna iluminó el lugar en donde Juan se había quedado mirando a la nada.


-¿Lo mató el vago al chiquito?


-No, hasta donde sabemos, él lo descubrió. El cuerpito  parece que lo dejaron hoy, pero lleva muerto varios días, no hay que ser perito especializado para darse cuenta del olor, ¿no?


Los agentes comenzaron a acercarse. El comisario los detuvo.


-Ya anduve yo, anduvo Juan, no  contaminemos más la escena, muchachos.


Los hombres retrocedieron.


-¿Les funciona la radio en la patrulla?

-¡Qué pregunta, jefe!

-Necesito que avisen a la central que hay que llamar a un juez, a la fiscal, que hay que pedir peritos, la ambulancia forense, hacer todo el papelerío para una autopsia, reconocimientos, la rutina en estos casos.


-No vemos casos así habitualmente, señor.


-No, vemos de todo, y más allá de lo que  nos pase como personas, es un caso más, hay que ser muy profesionales, chicos. Yo también soy padre, tengo sobrinos, y les aseguro que en toda mi carrera vi algo tan espantoso como esto. Hagan lo que les digo, que vengan todos lo más pronto que puedan... Ah, y pidan café y facturas, porque lo que se viene va a ser largo.



4


El comisario Ramírez era un hombre duro. Se había armado de una coraza para lograr ascender en su  carrera y no terminar con una carpeta médica debido a la locura que debía enfrentar cada tanto. Los robos, las persecuciones, los tiroteos eran lo que le ponían adrenalina al trabajo. Y si moría algún delincuente en un enfrentamiento, era un daño colateral de la profesión.


Se había manejado de la forma más honesta posible, y por eso tal vez sólo había logrado ser el comisario destinado a ese puesto de pueblo, tranquilo y alejado, en donde casi nunca pasaba nada. Salvo en la época de vacaciones, en que algunos pandilleros se acercaban a las casonas para intentar robar algo, la rutina era casi predecible: alguien que se quejaba porque un vecino había puesto la música muy fuerte, otros que protestaban porque los pibes golpeaban con la pelota paredes o puertas a la hora de la siesta, en alguna granja los robos de gallinas o de alguna oveja y nada más. Ni siquiera sufrían a los “motochorros” de la gran ciudad, porque apenas llegaban al pueblo, los vecinos comenzaban a avisarse unos a otros, hasta que el mensaje llegaba al comisario o al puesto policial y  más de una vez tuvieron que irse con la cola entre las patas, cuando alguno de los hombres del pueblo salía con la carabina que usaban para cazar patos en las manos.


Había llegado a pensar que se jubilaría pronto, sin ningún evento importante en su hoja de servicios. En realidad, un poco lo deseaba. Ya no tenía la misma energía que cuando comenzó para perseguir delincuentes o ver escenas de muertes. Algún suicidio, alguna muerte provocada por los celos en una pareja. Pero este hecho que esa noche ocurrió, le había atravesado la vida completa. Podría ser su caso más importante y, a la vez, el más doloroso, y en su mente tenía una sola convicción: averiguar quién era esa criatura, quién lo había abandonado y, sobre todo, por qué.


Hacía más de una hora que tenía en sus manos el informe forense y no lo había abierto. La fiscal lo había llamado, con la voz entrecortada, para comunicarle que se harían más rastrillajes, que enviaría todos los recursos que sean necesarios, que pidiera todo lo que sirviera para esclarecer qué había ocurrido con ese cuerpito mutilado que Juan había encontrado esa noche. Que si era necesario, llevara al hombre a un hotel, para que estuviera limpio, disponible y bien alimentado, porque iba a tener que hablar con él muchas veces, ya que tendría que seguir declarando y explicando todos los detalles que surgieran en la investigación. Esa mujer creía en la inocencia de Juan, pero por alguna razón, ella sentía que debía protegerlo de algo y si el hombre continuaba con su vida de mendicidad, temía que algo malo le ocurriera. También que alguien apareciera defendiendo a algún supuesto familiar e intentaran acusarlo de la muerte del niño. O niña. Porque, pese a las pericias, no sabían a qué sexo pertenecía esa pobre criatura.


Ramírez cerró la puerta de su pequeña oficina. No quería interrupciones, ni que lo vieran cuando tuviera el coraje de abrir el sobre. Se dirigió hacia una pequeña repisa que había en un rincón, movió la puerta corrediza y tomó una botella de whisky.  Buscó un vaso y se sirvió un trago. Lo bebió a fondo blanco. Necesitaba algo fuerte para poder leer lo que decía el informe.


El cuerpo tenía entre dos y tres años. No se podía dar una fecha específica de muerte, porque de la autopsia surgía que ese cuerpo había sido conservado en frío, así que podían haberlo matado hacía una semana, un mes o un año, lo que confirmaba la hipótesis de Ramírez de que al niño no lo habían matado ahí y que tampoco habían sido los perros. Pero había detalles mucho más escalofriantes. El cuerpito no había sido mutilado por animales o alimañas. Estaba cortado por elementos quirúrgicos. Alguien con conocimientos médicos o un instrumentista había manipulado a esa criatura.


A medida que avanzaba  en la lectura sentía más nauseas. Al pobrecito le habían quitado todos los órganos, no tenía órganos sexuales reconocibles, de manera que había que realizarle estudios genéticos para saber si era varón o niña, le habían cortado sus manos y pies. Pero el hallazgo más extraño, fue que encontraron una herida en la cabeza que había sido suturada. Por esa herida, quitaron la calota, retiraron el cerebro y volvieron a colocar la tapa del cráneo en su sitio, cosiendo con hilos especiales para cirugía el cuero cabelludo. Para estremecerse aún más, le habían extraído las piezas dentales en su totalidad, menos las que aún se hallaban ocultas por su edad.


Tiró los papeles sobre el escritorio. Tosía por el mismo asco que le daba todo esto. ¿Quién podría ser tan enfermo de hacerle eso a una criatura? Iba a costar muchísimo reconocer a ese nene. No tenían huellas plantares, ni de las manos, no había dientes para realizar identificaciones odontológicas. No comprendía por qué lo habían vaciado de esa forma. ¿Tráfico de órganos? ¿Si era así, por qué quitarle el cerebro? ¿O los órganos sexuales? Además, lo habían congelado como si fuera un pedazo de carne que se reserva para un asado futuro, teniéndolo en ese estado vaya a saber cuánto tiempo.


La fiscal había comenzado a investigar en la ciudad y en zonas aledañas. Había ordenado que los agentes fueran casa por casa a preguntar si en la familia había desaparecido algún niño o niña, de una edad similar a la del cuerpo encontrado. Porque ese niño debería tener familiares, padres, tíos, abuelos, vecinos. Alguien tenía que decir que había desaparecido de una casa un chico.


 Les llamaba la atención a todos que durante el tiempo anterior al hallazgo no hubieron denuncias de bebés desaparecidos. ¿Sería un bebé que fue raptado vivo o quizás nadie lo reclamaba porque ya habría muerto y profanaron su tumba? El misterio era enorme, las posibilidades sobre la identidad de ese misterioso chico eran infinitas. Mucho más ahora con la novedad de que había estado congelado, que podría venir de cualquier lugar del país y podría haber sido asesinado hacía mucho más tiempo del que todos imaginaban.


Se levantó de la silla y tomó su saco. Necesitaba irse, respirar un poco de aire fresco. Tenía la sensación de que el olor fétido que lo envolvía desde la noche del hallazgo del pequeño cadáver nunca lo iba a dejar. Salió a la calle y caminó sin rumbo. De repente se encontró caminando por la enorme playa. Era un día nublado, fresco a pesar de ser aún verano. El mar era el único sonido que interrumpía el terrible silencio que sumía al pueblo durante la hora de la siesta. Un pueblo tranquilo, en donde, hasta hace unas horas atrás, nunca pasaba nada

Hijo de Nadie. Septima Parte.

1      Los cuerpos desfilaban por la mesa de operaciones de Roberto. Se acostumbró a no pensar en ellos, en sus vidas, en lo q...