Hijo de Nadie. Septima Parte.



1



     Los cuerpos desfilaban por la mesa de operaciones de Roberto. Se acostumbró a no pensar en ellos, en sus vidas, en lo que habían dejado atrás. Se acostumbró a no ver sus rostros, a no sentir emociones por sus edades, sus aspectos. Irma había tenido razón,  para poder realizar esa tarea debía dejar sus escrúpulos afuera y pensar que eran simples elementos que le habían permitido salir de una situación difícil. Como cualquiera de sus pacientes. Con la diferencia que a ellos no tenía que curarlos, porque ya estaban muertos.


     Su trabajo era vaciarlos, limpiarlos, dejarlos preparados para que los transporten.  Alguien robaba los cuerpos de algún cementerio, de una morgue. A veces eran pordioseros, prostitutas, otras eran pequeños que habían muerto en algún basural, víctimas de las sustancias que luego serían introducidas en sus cuerpos vaciados para ser transportadas. A veces…a veces no quería preguntar cómo habían conseguido los cuerpos. Eran las veces que elegía apagar el televisor y  no leer los diarios por varios días, hasta que alguna noticia tapara las búsquedas que mostraban los rostros que él veía ahí, fríos, inmóviles, sin vida, porque alguien aprovechó ese momento de vulnerabilidad para convertir a una persona en un transporte.


     Había acomodado una habitación en su casa como quirófano, detrás de una pared secreta, que jamás nadie había notado, ya que había una repisa con algunos libros y un par de macetas que disimulaban la puerta. Nadie sabía qué se escondía detrás. Una escalera que llevaba a un sótano, herméticamente cerrado, con paredes y pisos blancos, una mesa de operaciones y todo el instrumental necesario para realizar las ablaciones. Luego de la muerte de Irma se había acostumbrado a trabajar solo, a tratar los órganos que se le quitaban a los cuerpos en un incinerador, a limpiar el cuarto para que no quedaran olores ni restos de nada que permitiera adivinar que en ese lugar ocurría algo extraño. Ellos no necesitaban que nadie les controlara los signos vitales, no requerían de anestesia. Era un trabajo que podía hacer solo y no confiaba lo suficiente en  nadie como para explicarle qué clase de trabajo tenía que realizar.


     Una pequeña bóveda conservaba algún cuerpo recién asesinado que podrían traer, también congelaba a los que llevaban algunas horas de muertos y eran extraídos de los cementerios pocas horas después de haberlos enterrado. Siempre buscaban que fueran gente humilde y que no tuvieran medios para movilizarse hasta el cementerio, o personas que por la razón que fuera no acudiera todos los días. Realizaban las exhumaciones entrada la noche, cuando la vigilancia se iba o se quedaba dormida. Buscaban tumbas alejadas de las garitas de seguridad, y retiraban los cuerpos en alguna camioneta que dejaban cerca de los paredones. A veces tenían el dato de que algún desposeído o algún anciano sin familia había muerto en los hospitales y nunca faltaba quien les pasara el dato, dinero mediante, para retirarlo sin que nadie lo supiera.



    Los cuerpos eran vitales para el negocio, ya que nunca nadie sospecharía de ellos ni la forma en que eran utilizados. Una vez por semana, acudía al aeroclub a buscar las cajas con cocaína que era enviada desde el norte del país o, incluso, desde la misma capital, a veces en paquetes, otras  en cápsulas, que debía colocar cuidadosamente en las cavidades de los cuerpos.


     Jamás nadie sospechó que sus salidas nocturnas no eran sólo para buscar mujeres, sino para traer y llevar los cuerpos que debía intervenir. Pese a que su cuerpo era pequeño, prefería trabajar solo, por eso había elegido construir su casa en ese barrio parque, alejado de todos y con pocos vecinos, en donde la privacidad era un bien preciado. Nadie preguntaba a qué se dedicaban los demás. Pocos sabían la vida que llevaba el que vivía en la otra cuadra y la discreción era absoluta. Había instalado un pequeño montacargas en la parte trasera, cerca de la cocina, por donde hacía bajar los cuerpos hasta el sótano. Si alguien le preguntaba, era una forma cómoda de almacenar provisiones, ya que el mercado más cercano estaba a más de cinco kilómetros.


     El doctor Pérez se había encontrado con un problema: los scanners  de las aduanas podrían detectar la presencia de los cuerpos y eso hacía que la droga pudiera traficarse de esta forma sólo dentro del país. Roberto había desarrollado un método que le había valido el reconocimiento de los jefes narcos y mucho dinero. Para poder camuflar mejor los cuerpos era necesario quitar las manos, los pies y todas las piezas dentales, dejar el organismo lo más limpio posible y así, en medio de otros productos de origen orgánico, como por ejemplo el pescado, era más fácil transportar la droga hacia otros destinos.


     El primer embarque fue una prueba vital, que se superó con éxito. Un empresario que disimulaba en la industria pesquera su verdadera fuente de ingresos fue el que se arriesgó a realizar el primer embarque. Usaron tres cadáveres, mutilados, vaciados, llenos de cápsulas de cocaína de máxima pureza. La jugada era a cara o cruz. Si los descubrían, caían todos y era más que evidente que iban a revelar quién había trabajado los cuerpos. Si el embarque llegaba a destino, sería una buena ruta para explotar y ganar más dinero.  


     El barco llegó a destino y la carga completa fue repartida por Europa. Una puerta enorme se abría para el negocio y todos podrían ganar mucho más.  El transporte de congelados era óptimo ya que para abrir el contenedor y revisar los bloques de hielo hacía falta una orden judicial y ningún juez se arriesgaría a hacer el ridículo si no estaba absolutamente seguro de que había drogas en el envío. Correr el riesgo de descongelar la carga y no encontrar nada sería el ridículo, además de ganarse demandas por persecución de los empresarios involucrados. El sistema estaba aceitado y funcionaba.



2




     Aquélla noche Analía había salido. Roberto le había dado dinero y le había dicho que fuera a comprarse ropa y lo que necesitara. Él había aprovechado su ausencia para organizar su trabajo, ya que cuando “operaba” no quería que nadie estuviera rondando por la casa. Le habían avisado de un cuerpo. Envió un mensaje a Analía que iba a comprar unas provisiones y salió a buscarlo.


     Horas más tarde, al volver, notó a Analía algo nerviosa. Se acercó para besarla, fue a servirse un trago y de repente sintió un golpe en la cabeza. Cuando volvió en sí, estaba atado,  en ropa interior y una mujer que desconocía lo insultaba mientras le decía que dijera en donde guardaba el dinero. Tenía algo en la boca, como trapos, que le impedían hablar. Cada tanto la mujer se los quitaba, pero estaba tan débil que no tenía fuerzas para articular palabras.


     Analía miraba desde un rincón, asustada, llorisqueando. Roberto no comprendía por qué ella no hacía algo con esa mujer, por qué no huía y pedía ayuda, o le daba un buen golpe cuando le daba la espalda durante los interrogatorios.  De pronto comprendió todo, eran cómplices. La mujer caminó hacia donde estaba Analía.


-Si hubieras hecho bien tu trabajo, no estaríamos haciendo esto, ¡puta!- la zamarreaba por los brazos- ¡dejá de llorar y hacé algo para que el viejo hable!


     Roberto miró a su amante intentando comprender. Era una viuda negra, buscaban robarle su dinero. Si Analía le hubiera dicho, si le hubiera pedido, él le habría dado todo. ¿Hacía falta esta situación? ¿Llegar a esto? Si por un poco de compañía y falso cariño él la hubiera consentido en todos sus caprichos sin pedirle explicaciones. ¿Por qué, Analía, por qué?


    La mujer volvió a acercarse.


-¿Y? ¿Me vas a decir donde Tenés la guita?


     Roberto la miró a los ojos. Su vida estaba en manos de esa mujer. Si respondía que sí, luego de confesar donde estaba el dinero y de ella verificarlo, lo más probable era que lo matara. Sólo estiraría la agonía un par de horas más. Sabía cómo se manejaban estos asuntos, porque había visto a varios morir en  situaciones parecidas.


     Movió la cabeza en forma negativa. Sabía lo que eso le acarrearía. Pero ya no le importaba nada. Había vivido lo suficiente y quizás este momento era el purgatorio por sus pecados. En algún momento había guardado sus escrúpulos en un rincón profundo y los había dejado bien encerrados para que no lo molestasen. En definitiva se trataba de cuerpos que ya estaban muertos y él era un hombre de ciencias que trataba con una materia sin vida. Pero de repente se le ocurrió que esa era la forma en que el destino le cobraría cada uno de los delitos que cometió. Iba a morir y lo tenía asumido.


     La mujer gruñó y le metió un puñetazo en el pecho que le quitó el aire. Un segundo puñetazo le dio en el estómago. Cayó de la silla en donde estaba y sólo vio a Analía, que miraba desde su rincón la escena sin intervenir. Cerró los ojos y no volvió a contar los golpes que recibió hasta que una profunda oscuridad lo venció y no sintió más dolor.



3


    

     Deshacerse del cadáver fue fácil. Soportar el malhumor de Rosa durante todo el trayecto y mientras cavaban el pozo, no.   Analía condujo la camioneta, con el cuerpo de Roberto, siguiendo a Rosa, que manejaba el coche que había alquilado, y la llevaba por un camino secundario. Pararon en un recodo, Rosa le indicó que pusiera la camioneta de culata y así cavar sin ser vistas. Una vez que el pozo tuvo una cierta profundidad, colocaron el cuerpo.

   
   Volvieron a la casa de Roberto, revolvieron todo, buscaron por todas partes. Rosa, aprovechando que nadie podía escucharla, insultaba a cada paso que daba, cada vez que terminaba de revisar un cajón y no encontraba nada.


-Mierda, ¿Dónde carajos guarda la plata este viejo hijo de puta?

   
    Llamó a Analía casi a los gritos.


-Hay que acomodar todo y tenemos que irnos antes de que aparezca la policía. Dale, movete!
  




     Analía no tenía voluntad para contradecirla. Sabía que Rosa era violenta, pero nunca se había enterado de  que matara a alguien. Tampoco nunca había visto morir a una persona de semejante forma. El cuerpo de Roberto había quedado reducido a un paquete envuelto en una manta, atado con cintas y amordazado con las medias enrolladas en su boca. Nada quedaba de aquél hombre gentil, uno de los pocos que la había tratado bien.




-Te vas en la camioneta hasta tu casa. Yo te voy a seguir. Dejo el auto y me llevo la camioneta para deshacerme de ella bien lejos.


     Condujeron en la oscuridad. Analía lloraba aprovechando que iba sola, sin saber qué pasaría a partir de ahora. Habían matado a un hombre. Ella no, pero había estado ahí, era cómplice de la otra, que siempre había ejercido el poder que le daba ser miembro de la policía. ¿Quién le creería a ella?  


     Al bajarse de los vehículos, Rosa se le acercó.


-Ahora te vas a tu departamento mugroso y te quedás ahí guardada hasta que yo te diga.


     Analía solo asentía con la cabeza.


-Dejá de llorar, no le digas nada ni a Juliana, si te pregunta, le decís que se nos cayó el plan, que el viejo no tenía un puto peso. Y mucho cuidado con abrir la boca sobre lo que pasó hoy, ni se te ocurra contar nada, porque sos mujer muerta. Vos y tu amiga. ¿Está claro?


     Analía movió nuevamente la cabeza en forma afirmativa. No podía articular palabra. Tomó su bolso y caminó hacia la escalera que la conducía a su casa.


-Secate esas lágrimas, recomponete un poco antes de entrar, que la otra va a bombardearte a preguntas y no quiero más quilombos.


     Analía no quería escuchar más a Rosa. Quería irse, lejos, estar sola, en silencio, acallar un poco su cerebro que pensaba en mil cosas a la vez. Le dio la espalda y caminó hacia su casa. La voz de Rosa sonó a sus espaldas:


-Acordate de que si abrís la boca, vos y tu mujer se mueren.


     Esa fue la última vez que escuchó la voz de esa mujer.



4



     José y Ana habían dejado una impresión muy profunda en la fiscal Alejandra Correa. Sus miradas profundas se le  quedaron grabadas a fuego con una sola pregunta que ella no podía responder: por qué y quién había hecho semejante aberración con el cuerpo de su hijito.


     Ellos no querían venganza, querían respuestas. Eran dos humildes quinteros, que toda su vida se habían dedicado a trabajar para vivir con un poco de dignida. No comprendían que alguien pudiera ensañarse de tal forma con un niño inocente, con un ser tan frágil, con un angelito que no había tenido tiempo de aprender qué era la maldad.


     Se había prometido a sí misma llegar al fondo de ese caso, hasta las últimas consecuencias y darles las respuestas a estos padres que en poco tiempo habían tenido que enterrar dos veces al mismo hijo.  La teoría de la venganza estaba casi desestimada, porque la pareja no tenía enemigos. Eran muy queridos en la comunidad, jamás habían tenido un problema con nadie, ni se habían visto envueltos en ningún escándalo. Tenía dos caminos: que se tratara de algún ritual practicado por alguna secta o el robo de cuerpos con fines científicos. La segunda hipótesis casi que no la evaluaba, ya que para la investigación médica se utilizaban cuerpos de mendigos o personas que autorizaban su uso en vida.


    Le quedaba pensar en algún rito, pero jamás en ningún caso había visto semejante aberración. Buscaba en la web información para tratar de comprender cómo podían hacer algo semejante. Lo que encontraba no la convencía.  No era parecido a lo que había visto en ese bebé ni por remota casualidad.


      Se había quedado sola en la oficina, aprovechaba cuando el personal se iba para investigar tranquila ese caso que tanto la había impactado. El sonido del teléfono la distrajo. Atendió maquinalmente, como si fuera su secretaria.


-Fiscalía de Alejandra Correa.


    La voz del otro lado era mecánica, como deformada, pero contundente.


-Sabemos que sos vos, estás sola, en tu oficina en este momento no hay nadie, ya no queda ni el personal de limpieza en ese edificio.

  
   Alejandra se levantó como impulsada por un resorte.


-¿Quién es?

-No importa, sólo tenés que saber que hasta acá llegaste.

-No entiendo.

-El caso del chico, no muevas un dedo más. Olvidate, llegaste hasta donde tenías que llegar, hasta donde te dejamos llegar. Si vas más allá, sabemos que tenés dos hijas muy bonitas a las que les puede pasar lo mismo que al pibito.

-Estás hablando con una fiscal, hijo de puta, voy a averiguar quién sos.

  
   Una risotada sonó del otro lado de la línea.


-¿Vos pensas que no sabemos que tenés tus líneas intervenidas? ¿Pensás que esta es mi verdadera voz? Dejate de joder, andá a tu casa y cuidá a tus hijas, olvidate del nene, olvidate de los padres. Llegaste demasiado lejos, pero no quedaba otra, hubo demasiado ruido por ese hallazgo. Un infortunio. Pero ya está solucionado. Olvidate de seguir con la investigación.


     Alejandra quiso seguir hablando, para tratar de averiguar algo más, que pista o dato podía aportarle esta persona que la amenazaba. En ese momento ingresó un mail a su teléfono, con una dirección de correo que no conocía. Era una foto de sus hijas, en su casa, jugando con el perro.


-Sabemos todos sus movimientos.- dijo la voz metálica- no las arriesgues.


     La comunicación se cortó. Al día siguiente pidió a un agente de su confianza que investigara la procedencia de esa llamada. El resultado, algunos días después, fue que su teléfono no había registrado ninguna llamada esa tarde y la dirección de correo era imposible de localizar.



5



     Rosa devolvió el coche alquilado a la agencia y se llevó la camioneta. Tenía que deshacerse de ese vehículo y no dejar huellas, alejar cualquier pista sobre su intervención en la muerte de Roberto y, sobre todo, asegurarse de que ninguna de las dos mujeres hablarían ante la policía. Sabía que Analía era una cobarde, fácil de manipular, pero Juliana era más difícil, mas desconfiada y era de la que tenía que cuidarse.


     Decidió sacar la camioneta de la ciudad. Aprovechó la noche, para no ser captada por las cámaras de seguridad de las avenidas, y se dirigió a una localidad cercana.  Había puesto algo de calefacción, porque el frío del campo en donde habían llevado el cuerpo de Roberto se le había metido en los huesos. Sentía un olor raro, apagó la calefacción y bajó algo la ventanilla. Ese olor no podía ser del cuerpo de Roberto, no había tenido tiempo de descomponerse. Volvió a subir la ventanilla, porque el frío se le hacía insoportable. Pero el olor también.


     Había hecho un recorrido bastante largo. Había decidido abandonar el vehículo en un paraje bien alejado, para que nadie lo descubriera o lo hallaran lo más tarde posible. Se detuvo en la ruta que la llevaba a un poblado pequeño, en otra ciudad, y bajó a revisar el baúl. Encendió una linterna. En un rincón había una bolsa de residuos, negra, que no había notado antes. La acercó y la abrió. Un olor apestoso la hizo dar una arcada. Se alejó a vomitar sobre los pastizales. ¿Qué había en esa bolsa?


     Buscó un pañuelo en su bolsillo y se lo puso alrededor de la boca para poder ver qué había en la bolsa.  Tomó la linterna e iluminó el interior.  No comprendía bien qué era hasta que descubrió por la piel que se trataba de un cuerpo humano. Por el tamaño, el de un niño.


     Tomó la bolsa, caminó por el borde de un arroyo varios metros, se alejó lo más que pudo y arrojó el cuerpito al agua.  Tiró la bolsa en otro lado, volvió a donde estaba la camioneta, bajó el baúl y subió. Decidió que ese no era ya un buen lugar para dejarla. Y volvió a la ciudad, pensando en cómo deshacerse del vehículo sin que nadie sospeche de ella.



6



     David acomodó sus cosas en su escritorio, previo paso por la cocina en donde se preparó un café humeante y aromático. Se sentó, encendió la computadora y esperó mientras sorbía placenteramente la bebida. Abrió un cajón y tomó un paquete del que sacó una porción de chocolate. Lo saboreó como si fuera el último placer sobre la tierra. Buscó en la pantalla un archivo llamado “cardiólogo”, leyó algunas cosas que había guardado en él, enlaces, notas, acotaciones propias.


     Volvió a tomar su taza y mientras disfrutaba de la fragancia del café, cerró el archivo y lo guardó en una carpeta que se llamaba “casos resueltos”. Todo el misterio se había develado: una banda de viudas negras que solo querían desplumar a tipos de buen pasar, con la diferencia que a estas se les había ido la mano.


      Comió otro trozo de chocolate, en compensación por los días que estuvo corriendo de aquí para allá, de madrugada, con frío, buscando información y datos que aclararan el caso. Apagó la computadora y decidió relajarse como premio a su esfuerzo.


                      ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~



    El comisario Ramírez había recibido una llamada de la oficina de la fiscal. El caso había sido esclarecido y cerrado. Ya  no era necesario que Juan siguiera hospedado  en el pequeño hotel del pueblo y sólo se pagarían sus gastos hasta esa fecha. Todo  había quedado caratulado como “robo de cadáver”. Se había averiguado quien era la criatura, se habían comunicado con los familiares y tras todos los procedimientos correspondientes, se había vuelto a realizar el entierro.


    Ramírez permanecía adentro de su auto, con las manos en el volante, la cabeza baja, intentando creer que todo eso que le dijeron era verdad. Pero debía acatar las órdenes de la fiscalía y ya no debía investigar nada. Por más que no le cerrara ninguna de las razones que le habían dicho.


     En la casa había luces encendidas. Era el cumpleaños de su esposa y se habían juntado algunos familiares para la cena. Tomó un paquete envuelto para regalo que había comprado y bajó del coche. Al abrir la puerta lo recibió uno de sus sobrinos, un pequeñito de apenas dos años, que se reía a carcajadas porque su tío lo perseguía. Ramírez sonrió, se agachó para quedar a la altura del niño y lo abrazó fuertemente. No pudo pensar en Martín y lloró por primera vez en muchos años.


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       Alejandra entró a su casa, abrazó a sus hijas y lloró. A la mañana siguiente, en su oficina, tomó una carpeta, la abrió, leyó los distintos folios, miró las fotos y llamó a su asistente. Le dio la carpeta y le dijo:


-Archivá la causa. Poné  que fue un robo de cadáveres. Es una contravención, y no creo que sepamos nunca quien fue.


Al quedarse sola, tomó el retrato de las niñas y lo acarició. Rezó en voz baja y le pidió perdón a Martín, por haberle mentido a sus padres.

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   Rosa aprovechó su día libre para relajarse y pensar en otras cosas. Había que organizar una nueva víctima a quien desplumar, pero también debía esperar a que Analía se tranquilizara para convencerla de que no sucedería lo mismo. También tenía que volver a su trabajo y ver qué pasaba con la investigación después del hallazgo del cuerpo del médico. Los noticieros decían que no se sabía nada. Ella se frotaba las manos satisfecha por el buen trabajo que había realizado. Nadie, nunca, la descubriría y la  pusilánime de  Analía jamás la delataría.


   Volvió a la comisaría en donde realizaba sus tareas. Entró como siempre, con la cabeza alta y una sonrisa soberbia, porque sus subalternos le tenían algo de miedo por esos modales bruscos que ella acostumbraba tener. La dependencia policial era su reino.


     Entró a su despacho y se encontró con dos oficiales de asuntos internos que la esperaban. Se levantaron al verla.


-¿Rosa Martínez?

-Soy yo, ¿en qué puedo servirles?

-Queda detenida por el asesinato del doctor Roberto Tibal.







7



     La noche era perfecta. Las estrellas brillaban en la oscuridad del campo, que se extendía a lo lejos sin que las luces de la ciudad las opacara. Algunos grillos o el canto de las aves nocturnas rompían el silencio, junto con el susurro del arroyo que corría entre los juncos y los pastos que lo rodeaban, hasta su llegada al mar.


    El olor atrajo a los perros que se escondían en el monte, que eran salvajes y nunca habían logrado adaptarse a la vida doméstica. Se alimentaban de animales muertos, enfermos o cazaban algún ratón o liebre que se acercara lo suficiente como para no escapar de su zarpazo. La presa estaba cerca del borde del arroyo, atascada entre los cabos de las plantas. No fue difícil para ellos quitarla de allí y arrastrarla hasta más lejos, para poder tener su festín. Era algo más grande que una liebre.

  
   Varios perros comenzaron a pelearse entre ellos, se gruñían y no se dejaban comer. Todos querían llevarse la presa, todos tenían hambre. Un ruido metálico los espantó un poco. Era un hombre que acababa de dejar su bicicleta sobre la ruta y se acercaba. Los espantaba, no quería que pelearan, que se lastimaran. Era el hombre que, de vez en cuando, les tiraba algunos trozos de pan cuando pasaba por la ruta.


-Mierda que esto apesta. ¿Qué están comiendo? Ya les reparto, así no se lastiman.


     Los perros huyeron cuando el hombre usó un encendedor para ver en medio de tanta oscuridad. Su tono de voz cambió cuando pudo ver qué era la presa por la que los perros peleaban.


-Carajo, pero si es un chico, ¿ustedes mataron a un nene? Angelito de Dios.


     Lleno de dudas, el hombre volvió a la ruta, tomó su bicicleta y rezó por que los perros no terminaran de comerse el cuerpito mutilado antes de que lograra traer a la policía. No quería irse, pero tampoco podía quedarse y encima no pasaba ni un solo auto para pedirle que lo acerque al pueblo o que le avise a la policía mientras él se quedaba para espantar a los animales y que no lastimaran lo que quedaba.


     Juan pedaleó con todas sus fuerzas los kilómetros que lo separaban del pueblo en donde estaba el destacamento policial más cercano, esperando que le crean que los perros se estaban comiendo a un chiquito muerto.


Fin.

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