Hijo de Nadie. Cuarta Parte.



1


     Mientras usaba su computadora, Roberto Tibal buscó en un cajón papel para imprimir y en medio de otras cosas vio un cuaderno. Era algo viejo y tenía la totalidad de sus páginas escritas con esa letra algo irregular que todos los médicos usaban al escribir sus recetas. Lo tomó y comenzó a hojearlo. A veces olvidaba cómo y hacía cuánto tiempo había comenzado a realizar esas operaciones. Habían pasado tantos por sus manos, que no recordaba sus rostros,  el aspecto que tenían. Nunca se había preguntado quiénes eran,  por qué habían terminado en esa mesa de cirugías. Sólo cumplía su misión, la parte del trabajo que le correspondía y trataba de no involucrarse emocionalmente.

  
   Esa actividad le había salvado la vida en un momento crítico de su carrera. Era una etapa del país en donde todo se había descalabrado, su sueldo no le alcanzaba para cumplir con sus obligaciones. Era joven, se había casado, tenía hijos pequeños y necesitaba sostener un nivel de vida con gastos enormes que no encontraba la forma de evitar. Había decidido cubrir un cargo de tiempo completo en un centro especializado en rehabilitación y no le quedaba tiempo de hacer prácticas particulares.  Las clínicas privadas tenían sus nombramientos suspendidos hasta que se acomodaran los hechos políticos y, además, les habían realizado una reducción de salarios debido a problemas financieros del Estado.


    Una enfermera entró a su consultorio sorpresivamente y lo vio llorando. En su casa las cosas iban de mal en peor, tenía discusiones con su esposa todo el tiempo y más de una vez los niños habían presenciado escenas muy violentas a nivel verbal. Se sentía un inútil por no proveer a su familia de todo lo que pedían, sea que lo necesitaran o no. Y la única salida que estaba encontrando era un revolver que había heredado de su padre.


    La enfermera se le acercó. Era una mujer mayor que conocía desde hacía muchos años, cuando recién se había recibido y lo ayudó  en sus primeras prácticas. Le puso una mano en el hombro. Él  la miró y la abrazó por la cintura.


-¿Qué te pasa, doc?- le preguntó con la dulzura de una madre.


     Roberto se desbordó. Le contó todo, sus deudas, sus problemas matrimoniales, las dificultades por las que estaba pasando. Se sentía acorralado y no sabía dónde estaba la salida. Cuando terminó, la mujer le habló con la misma dulzura que siempre, como si fuera un niño cuyos problemas no son tan graves.


-Ay, doc, mi doc. Todo tiene solución en esta vida. A veces no la vemos porque nos enceguecemos, cerramos los ojos a otras realidades, nos obstinamos en ver el vaso  sin agua y no vemos la parte llena. No te ahogues en medio vaso de agua, Roby!

-No te entiendo, Irma.

-  ¿Tus problemas son de plata?

-Sí.

-Entonces tienen solución.

-¿Cómo? No llaman a concurso de ningún otro sanatorio, nos redujeron el sueldo, la situación del país es...

-Sh, siempre supe que vos eras un gran tipo, y me hubiera gustado proponerte para esto mucho antes, pero aún no estabas suficientemente maduro.

-¿De qué hablas?

-Un trabajo, que vas a poder hacer sin que nadie te moleste, con una excelente paga.

-¿Pero en dónde, de qué se trata?

-Lo primero que vas a necesitar es mucha discreción, Roby. Yo voy a ayudarte, no vas a estar solo y vas a ver que todos tus problemas se resuelven. Mañana cuando terminamos nuestro turno, nos encontramos en el café de la esquina. Avisá en tu casa que vas a llegar tarde. Muy tarde.



2


     Irma ya estaba esperándolo en la cafetería cuando él llegó. Lo recibió con esa sonrisa cálida que le ponía cuando en sus inicios se le moría algún paciente y él sentía que podría haber hecho más. Quizás por eso, eligió no continuar la práctica quirúrgica, en la que todos le decían que tenía un gran futuro por su habilidad, su concentración y su magnífico pulso.


-Llegaste, pensé que te habías arrepentido.

-¿De qué? Si todavía no sé qué me estas proponiendo.
 

     Ambos se sentaron e Irma hizo una señal al mozo para que trajera más café. Encendió un cigarrillo y tras darle una larga pitada, comenzó a hablar.


-Hace algunos años estoy haciendo un trabajo extra, con un cirujano, fuera del ámbito hospitalario. Por temas personales no pude terminar nunca el curso de instrumentadora quirúrgica y el sueldo de enfermera, como a vos el de médico, no me alcanzaba. Estaba en una situación muy parecida a la tuya. Mi madre estaba muy mal de salud, mis hermanos no me ayudaban, uno porque se borró y el otro porque tenía su familia y tampoco le podía exigir mucho. Necesitaba alguien que me ayudara en casa y otra persona que cuidara a mi mamá, hacía dobles turnos en la clínica cada vez que  podía, pero el cuerpo llega un momento que no te rinde más… ¿viste cómo es esto, no? Los remedios eran caros, había que pagar deudas, impuestos…y un día me desbordé, me dio un ataque de locura, empecé en el descanso a los gritos, lloraba, rompí cosas. No fue nada agradable. Me sedaron y me dejaron un día internada. Cuando desperté al lado mío estaba un doctor que conocía de muchos años, no tenía mucha relación con él, nos saludábamos, alguna conversación sobre tonterías y nada más. Me dijo que lo único que no tenía solución era la muerte, que después todo lo demás de alguna forma u otra se podía resolver. Y si era un problema económico, mucho más. Solo había que saber, y yo tenía que preguntarme, hasta donde estaba dispuesta a llegar.

  
   Volvió a darle una pitada al cigarrillo, quitó las cenizas sobre el cenicero y le puso edulcorante al café cortado que no necesitaba pedir, porque en el bar ya sabían que era lo único que tomaba. Bebió un sorbo de café y preguntó:


-¿Vos, hasta donde estás dispuesto a llegar, Roby?

-No te entiendo, a qué te referís.

-A la plata. La plata es la solución a tus problemas. ¿Qué harías por conseguir algo que te provea de la guita 
suficiente como para vivir cómodo el resto de tu vida y salir de todos los problemas que tenés?


     Roberto pensó mientras tomaba su café. No llegaba a comprender qué le estaba ofreciendo Irma, pero evidentemente estaba muy segura de lo que decía. La notaba calma. Pero tenía que responder a la pregunta y evidentemente su situación no era como para despreciar ninguna propuesta de trabajo y menos si había un buen pago.


-¿De qué se trata?

-Reemplazar al médico que me ayudó a mí. Digamos que es como una cadena de favores.  Algunas propuestas solo vienen cuando estás en el momento exacto, este hombre me ofreció a mi este trabajo cuando yo estaba al borde de cometer una locura y creo que cuando te encontré ayer, vos estabas pensando en lo mismo que yo en aquél momento. ¿Me equivoco?

-No, ayer antes de que entraras pensaba que la solución a todos mis problemas estaba en un revolver que me quedó como herencia de mi viejo.

-¿Ves que no me equivoco?

-¿Qué hay que hacer?

-Nada que vos no sepas, al contrario, es una habilidad desperdiciada que tenés. Y yo sería tu asistente. El hombre que me ayudó a mí ya está grande, cansado, algo enfermo y de un momento a otro no va a poder seguir con esto. No es algo que tengas que cumplir horarios, ni todos los días y la paga es excelente. Se necesita a alguien que lo reemplace y obviamente que primero hay que entrenarlo en todo el proceso. ¿Aceptás?

-Seguís sin decirme de qué se trata. Adivino que hay que hacer operaciones y ya sabés cómo me fue en los quirófanos. Dejé la práctica quirúrgica.

-Lo sé, Roby. La diferencia es que ellos están muertos.


     Se hizo un silencio entre ambos. Roberto revolvía nerviosamente su café e Irma daba pitadas a un nuevo cigarro. Tras exhalar el humo, sin dejar de mirarlo, dijo:


-Te vuelvo a preguntar ¿qué estás dispuesto a hacer para salir de todos tus problemas? Si tu respuesta es lo que sea, venís conmigo a conocer al doctor y empezás hoy mismo. Si tu respuesta es que no te animás, entonces olvidate de esta conversación y acá no ha pasado nada. ¿Venís o esta charla no pasó?


     Roberto respiró profundo. No sabía de qué se trataba, pero los ojos de Irma le confirmaban su honestidad y la seguridad de sus palabras le dieron confianza.


-Voy.



3


     Ese primer cuerpo nunca lo olvidaría. Era de una joven mujer, tal vez tendría unos 30 años. Tenía contextura media, piel morena, cabello largo y ondulado. Algunos tatuajes en su espalda y en el brazo, con un par de nombres que no sabía si se trataba de hijos o amantes, unas rosas enredadas con una cruz, pequeños, nada extravagantes, una cirugía en el vientre que indicaba que le habían practicado una cesárea, eran las marcas que tenía en su piel. Al menos había sido madre una vez, vaya a saber qué habría sido de esa criatura y con quién estaría ahora. Se hacía miles de preguntas sobre su vida antes de proceder. Irma se le acercó.


-Era una prostituta, algunas veces se emborrachaba y pasaba varios días sin volver a su casa, al hijo lo cría la madre, que se rompe el alma trabajando para darle lo mejor que puede. Ella mucho no lo veía y creo que no la van a extrañar.

-¿Cómo sabés eso?

-Cosas que escucho, Roby. En los pasillos, en  el colectivo, en el taxi. También la primera vez que asistí al doctor Pérez me pregunté quiénes eran ellos antes de llegar acá, cómo fueron sus vidas, quienes los amaron.  No es fácil, pero con el tiempo te acostumbrás.

-¿Cómo?

-Cuando vas al campo, ver a un ternerito retozando o acercándose a su madre para alimentarse te causa mucha ternura. Es lindo ver a los pollitos rodeando a la gallina, piando sin parar. Pero cuando vas a la carnicería a comprar y ver los trozos de asado o pollo, no pensas en que fueron animalitos que emocionaron a alguien. Vas, los comprás, los cocinás y te los comés, ¿no? Es igual con esto.


     Roberto sonrió con la comparación.


-¿Así de fácil?

-No, para nada, pero si no te despegás de lo emocional, no servís para esto. Escuchá mi consejo, haceme caso, porque a mí nadie me dijo cómo hacerlo. Vos estás teniendo más suerte en ese sentido. 




4


     Aquélla noche Roberto tuvo pesadillas. Se veía a sí mismo en el campo, rodeado de pequeños animalitos, similares a las películas infantiles que veía junto a sus hijos. De repente, esos animalitos eran simples faenas, despellejadas, inanimadas, sangrantes. En medio de toda esa devastación, el cuerpo de la mujer se materializaba, flotaba entre los animales muertos y los miraba. Lloraba. Y lo miraba a Roberto, le pedía con la mirada que la salve, que no la deje sola, que él era su única oportunidad de tener paz…


     Despertó sobresaltado. Su esposa dormía, sin haber notado ninguna alteración en su esposo. Se levantó y fue al baño, se lavó un poco la cara. Vio una luz en su teléfono celular. Había un mensaje. Era Irma.


“¿Tuviste pesadillas?”

   
  Tomó el aparato y caminó hasta la cocina. Se sirvió un vaso con agua, se sentó en la mesita desayunadora y contestó.



“Sí ¿cómo sabés?”

“También las tuve”.

“¿En serio pensabas que eran simples pedazos de carne?”

“Roby, era eso o terminar como ellos, después de mandar todo al carajo y suicidarme”.


     Roberto se quedó leyendo ese último mensaje. Varias veces. Era eso o tomar la pistola de su padre y, quien sabe, terminar igual que esos cuerpos. Otro mensaje de Irma lo sacó de sus pensamientos.


“¿Estas arrepentido?” “Mirá que no hay vuelta atrás”.

“No”.

“No ¿qué?”

“No puedo arrepentirme. Ya estoy en esto. Ya tomé la decisión”.

“Bien. Vas a ver que poco a poco va a dejar de afectarte. Tomate un calmante y andá a descansar. Te lo merecés.”

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