Hijo de Nadie. Quinta Parte.



1


     Martín era el primer varoncito de José y Ana. Se habían casado hacía mucho tiempo y poco después de cumplir el primer aniversario llegaba Marité. En su país estaban pasando una mala situación económica, las oportunidades de trabajo eran cada vez más escasas y decidieron cruzar las frontera, aceptando la invitación de unos parientes y amigos que desde hacía un tiempo habían emigrado y se establecieron en una zona de quintas, trabajando en el campo y dedicándose a producir hortalizas y verduras.


     Armaron sus valijas con lo poco que tenían, vendieron su pequeña casita y emprendieron el viaje. Para ellos era toda una aventura atravesar todos esos kilómetros sin saber muy bien a donde iban, con una bebecita de apenas unos meses. Tenían miedo de perderlo todo, de no adaptarse, de extrañar a su familia. Afortunadamente, cuando llegaron, descubrieron que el paraje era una pequeña colonia de emigrantes bolivianos, que conseguían los productos que estaban habituados a consumir y que lo único que tenían que hacer era trabajar, muy duro, pero con el tiempo vieron los frutos de su esfuerzo.


     Marité iba a la escuela de la zona por la mañana y al mediodía, cuando llegaba, ayudaba a sus padres con las pequeñas tareas de la casa. Comenzaba a preparar el almuerzo, que Ana ya le había indicado la noche anterior, y luego de comer realizaba sus tareas. José había conseguido pagar el terreno que les habían dado cuando llegaron en préstamo y poco después una camioneta para poder llevar el mismo la mercadería al abasto y lograr mejores ventas. No habían tenido más hijos, no porque no hubieran querido, sino porque Ana había perdido varios embarazos. Cuando ya sus esperanzas estaban perdidas, y renunció a la idea de tener otro bebé, apareció Martín.


      No quiso hacerse ilusiones, porque cada vez que perdía un bebé, sufría mucho por más que no dijera nada a nadie. Se guardaba sus emociones para no preocupar a su familia. A medida que iba creciendo su vientre fue teniendo más confianza y cuando Martín nació, se prometió a sí misma que nunca le iba a faltar nada, que sería la luz de sus ojos. Y era un bebito bueno, tranquilo, transmitía una paz inexplicable a través de sus enormes ojos negros.

      Martín fue creciendo alegre y vivaz. Era un niño que reía todo el tiempo. José le traía siempre alguna cosita para que el descubriera entre sus bolsillos y lo malcriaba como no había podido hacer con Marité. Ana se sentía feliz de  haber podido traer otra vida al mundo y que su familia estuviera tan unida y feliz.  No podía pedir nada más a la vida, ni a la Pacha mama ni a nadie. Si hubiera podido, habría detenido el tiempo en esos momentos en que su marido llegaba con la camioneta y el nene intentaba sus primeros balbuceos anunciando la llegada de su papá y saliendo a recibirlo con sus pasitos cortos de payasito borracho.  Eran felices.



2


     Aquél mediodía la sorprendió ver un auto desconocido estacionado en la entrada de su casa. Volvían del campo con la camioneta de José. Ella mirando por la ventanilla hacia la nada. Ensimismada en una tristeza inconsolable desde hacía  tres meses, tiempo que Martincito ya no estaba entre ellos.


     Una mujer bajó del auto cuando distinguió la camioneta. Llevaba puesto un trajecito negro, con unos zapatos bajos que igualmente eran incómodos para caminar sobre tierra y pasto.


-Buenos  días, ¿ustedes son José y Ana Salvatierra?

-Sí- contestó José- Somos nosotros, ¿en qué podemos servirle?

-Soy la fiscal Alejandra Correa y ellos- con la mano señaló a dos hombre que la acompañaban- forman parte de mi equipo de peritos. Estamos investigando sobre la aparición del cuerpo de un niño en las cercanías del arroyo Pueblo y queremos saber qué pasó con el bebé que ustedes perdieron.


     José y Ana se miraron. No comprendían qué relación había entre la muerte de Martín y ese nene del que hablaba la mujer. Fue él quien habló:

-Mire, señora, nuestro chico murió hace tres meses, le hicimos la ceremonia tradicional de nuestro pueblo y lo llevamos al cementerio de Otamucho, pero no sé,  no entiendo que relación hay entre Martincito y ese angelito, que en paz descanse.


     La fiscal los miró. No sabía por dónde comenzar. Esa familia había padecido la pérdida de un bebé y remover todo ese dolor le provocaba mucha angustia.


-¿Podríamos pasar adentro? Necesito hacerles algunas preguntas, y esto es largo y muy difícil. Quiero hablar con toda la tranquilidad posible y explicarles bien todo lo que está pasando.


     Ana parecía salir de  su ensimismamiento. No había pronunciado una sola palabra ante esta situación. En realidad, casi no había hablado desde que Martín se le fue de las manos como si fuera viento, porque hasta el agua podía atraparse en un frasco o en una olla.


     La casa de los Salvatierra era humilde. Tenían lo básico, sin pasar necesidades. Una cocina sencilla, con una mesa rectangular cubierta por un mantel de hule y rodeada de unas sillas de madera muy cuidadas. Juan corrió dos sillas para las mujeres y luego se sentó él. La fiscal titubeaba porque no sabía de qué forma comenzar.


-Supongo que ustedes se habrán enterado que hace unos días atrás encontraron el cuerpito de un chico, cerca de la ruta por donde pasa el arroyo  Pueblo.

-Algo escuchamos, doña- dijo, José- Estamos todo el día en la quinta, y la verdad que mucho noticiero no miramos. A nosotros se nos fue un bebé y la verdad, que las pocas veces que estaba prendido el televisor y hablaban del tema, lo apagué o cambié el canal. Ana casi no habla desde que se nos fue Martincito y no servía de nada angustiarla más con algo tan triste.

-Comprendo. El caso es que ese bebé que se encontró no tenía nada que lo identificara. No quiero entrar en detalles porque todo es muy grave, pero su hijo fue uno de los últimos chicos que los registros del hospital y de la morgue informan que fallecieron y existe la posibilidad de que este nene sea Martín.


     Ana lanzó un sollozo, se llevó una mano al pecho y José se levantó presuroso para contenerla.


-¿Qué está diciendo, doña, no ve como me la pone a la Ana? Martín está enterrado, nosotros mismos hicimos el funeral en esta casa, con el cajoncito abierto y después lo llevamos con la funeraria al cementerio. Nadie tocó el cajón, usted está loca, cómo va a decir una cosa así. Además decían que el chico ese tenía dos o tres años y nuestro Martín tenía apenitas un año y medio.


     Alejandra no podía darle muchas vueltas al tema. Por un lado, deseaba que ese cuerpito no fuera el hijo de estas personas y, por el otro, debía saber quién era y por qué le habían hecho tanto daño. Necesitaba una autorización para excavar la tumba del hijo de los Salvatierra y comprobar qué había en ese ataúd.  Además también debería solicitarles a esos padres un examen de ADN para corroborar la filiación del cuerpito encontrado.


-Señor, estamos tratando de averiguar quién es el nenito que encontraron y ojalá, de todo corazón, espero que no sea el hijo de ustedes. Pero, vuelvo a explicarle, estamos investigando las últimas muertes registradas y eliminando posibilidades. Tengo que pedirles que se hagan un análisis de ADN para comprobar si hay un lazo genético entre ustedes y el cuerpito. Y también una autorización para extraer el ataúd que enterraron en el cementerio, abrirlo y saber si su hijo está adentro.


     El dolor de José se tradujo en una cara llena de odio hacia la fiscal.


-No, no, ustedes están locos, quieren revolver todo el dolor que tenemos adentro, quieren perturbar la paz de  mi niño desenterrándolo, quieren hacernos ver como culpables de algo que no hicimos.


     Alejandra se puso de pie. Intentó explicarle algo, pero Ana los interrumpió:


-Vamos a hacer lo que la señora nos dice, José.


    Habló con calma. Con una voz suave y llena de tristeza, pero firme. José la miró, en silencio, con los ojos llenos de lágrimas. La abrazó y comenzó a llorar como si fuera un chico.


-Sh, tranquilo, José. Es hacer un análisis y ver si nuestro nene sigue en el cajón. Pensá pobrecito que ese bebito está desprotegido, que lo destrozaron y que si fuera nuestro hijo y esto le estuviera pasando a otra gente, a vos te gustaría que lo ayuden a encontrar su familia, ¿no?


     Ella le tomó el rostro para mirarlo a la cara. Le secó las lágrimas y le siguió hablando como si fuera una criatura.


-Pensá pobrecito que sus papás por ahí no le pudieron dar una linda sepultura, es un angelito, José. ¿Y si fuera el nuestro? ¿Vos querrías que estuviera en una morgue, sin que nadie lo reconozca, que lo pateen de un lado pal otro como si fuera una pelota sin dueño?


     José negó con la cabeza. Ana miró a la fiscal. Hizo un movimiento con la cabeza y un suave parpadeo. Ellos harían todo lo que les pidieran. Ana quería saber si esa criatura era su hijo o no.


3


     Mientras esperaban a que los atendieran en el laboratorio, Ana recordaba. Sonría al pensar en la carita de Martín cuando descubría algo nuevo a su alrededor, todo ese mundo nuevo que para ellos era tan cotidiano pero el bebé le daba una luz tan particular, que se asombraban con la misma inocencia que él.


     Era domingo y  habían ido a la casa de unos familiares a almorzar. Se habían comprado una pileta y los habían invitado para que los chicos, sobre todo Marité, se divirtieran con sus hijos.  Ana había preparado algunos platos típicos de Bolivia, que ellos degustaban más por emoción que por gula.


     Los chicos se habían ido a la pileta. Se los escuchaba gritar y chapotear en el agua. Martín había quedado en otra piletita, más pequeña, junto a otro niño pequeño de la familia, para que no corrieran riesgos. Cada tanto Ana y la dueña de casa los miraban, para controlar que todo estuviera bien.


    Hacía mucho calor y los chicos no querían dejar de jugar en la pileta. Iban y venían a la mesa, tomaban algo, comían y volvían a divertirse, correrse por el patio. Era la época del carnaval y los chicos más grandes jugaban con globos a los que llenaban con agua y se los tiraban como si fuera una guerra de nieve sin nieve. Los grandes miraban, debajo de un parral, riendo y charlando entre ellos. Los hombres tomaban algo de vino, mientras conversaban y las mujeres intervenían contando las noticias de los familiares que se habían quedado en su país.


     De repente los gritos de los chicos cambiaron en algo. Ya no eran de alegría, uno sobre todo, parecía que era de terror. Marité apareció corriendo. No podía hablar.


-Mamá, Martín, está allá, tirado, boca abajo…


     Salieron todos corriendo. Encontraron al bebé como Marité les había dicho, tenía los ojos negros abiertos, mirando fijo a la nada. No respiraba. Ana lo tomó en sus brazos y gritaba que la mirara. Lo tocaba porque no entendía qué le había pasado. El dueño de casa llamaba por teléfono, pidiendo una ambulancia o alguien que llevara al chiquito al hospital. Nadie sabía que ya era inútil cualquier ayuda.


     Horas más tarde la autopsia decía que Martín había fallecido por asfixia debido a que se había tragado uno de los diminutos globos con que los chicos habían estado jugando. Nunca supieron cómo logró llegar a esos globos, ya que por precaución le habían explicado que no tenían que estar a la mano de los bebés. Una torpeza, un globo que se había caído por accidente y nadie notó fue el culpable de que la vida de Martín terminara.



4



     Fue doloroso conocer el resultado del ADN. Ese nene era Martín. José y Ana no cabían en su dolor y no comprendían quién y por qué retiró el cuerpito de su hijo y le hizo tanto daño. La escena en el cementerio fue peor que el propio entierro. Ana llorando, Juan tratando de contenerla, pero sin poder controlar su propio dolor.


     El empleado del cementerio cavaba lentamente, como si prolongara a propósito ese momento terrible que ellos desearían que ya terminara. Querían volver a su casa, abrazar a Marité, estar solos y en silencio, algo que desde que la fiscal apareciera en su casa no habían logrado.


     Poco a poco comenzó a verse la madera del pequeño féretro. Los peritos judiciales anotaban todo y controlaban el procedimiento para que nada saliera mal. Que ningún elemento quedara anulado por un error y todo el trabajo que habían logrado se fuera por la borda. Uno de ellos filmaba con una cámara permanentemente la tarea de exhumación, no podía correr ni un momento la cámara de esa escena.


     El cajoncito estaba ahí. Cerrado.  Con tierra pegoteada por el tiempo que había pasado. Los peritos sellaron el pequeño ataúd para preservar cualquier prueba que permitiera dilucidar qué había ocurrido. Caminaron hasta la camioneta de la policía científica. Los rodeaban periodistas, policías, fiscales, curiosos, gente de Otamucho que los conocían de las ferias en donde vendían sus vegetales. José y Ana hubieran deseado estar solos, que nadie los mire como a bichos raros. No faltaba quien murmurara que ellos habían hecho desaparecer el cuerpito. Las malas lenguas y los rumores nunca faltan y, a pesar de los intentos de frenarlos, ellos se enteraban de esos comentarios.


     Subieron al coche del tribunal que los había llevado al cementerio y todos se dirigieron al recinto en donde se harían las pruebas necesarias sobre el cajón y lo abrirían para ver qué había adentro. El camino se les hizo largo a esos padres que no encontraban sentido ni razón a todo lo que estaban viviendo. No tenían enemigos, toda su vida habían trabajado duro para lograr un poco de estabilidad y no se metían con nadie. Eran personas tranquilas, que no buscaban chusmerío y ninguno era pendenciero. ¿Quién podría haberles hecho eso? ¿Por qué? Eran  preguntas que no tenían respuesta.

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