Hijo de Nadie. Tercera Parte.



1


     Rosa y Analía se conocían desde hacía muchos años. Rosa había ingresado a la fuerza policial como forma de obtener ingresos seguros más que por vocación y Analía tenía actividades erráticas. De repente trabajaba como repositora en algún mercado, o repartía volantes de diferentes comercios, también había estado trabajando como ayudante en una peluquería, a veces limpiando oficinas, pero nunca había durado más de tres o cuatro meses en cada lugar.  Iba buscando lugares en donde ganara más dinero, realizando la menor cantidad posible de tareas.


     Analía convivía con otra mujer, Juliana, con la que no solo compartían gastos. Era un pequeño departamento en un complejo de edificios construido hacía muchos años, en donde habitaba la peor calaña de la ciudad mezclada con humildes trabajadores que compraron sus viviendas cuando el edificio se había inaugurado. Los malandrines se habían ido sumando con los años, debido al complejo desarrollo que tenían las construcciones, y que formaban una especie de conejera en la que podían esconderse sin ser encontrados.


     Analía era particularmente bonita. Muchos hombres se sentían atraídos por ella y su lesbianismo personal no le impedía relacionarse con alguno que otro señor, que la invitaba a lugares caros o le hacía obsequios, que ella previamente había elegido y comentado como por casualidad que no podía comprarse. Rosa había notado la facilidad con la que su amiga conseguía sus caprichos y comenzó a forjar una idea. Debería sentarse a charlar con las dos mujeres y convencerlas de que podrían obtener muchos más beneficios si en vez de sacarles a los tipos un par de botas de moda o algún perfume importado, lograban acceso a sus cuentas bancarias o ahorros.


     Juliana tenía cierta desconfianza de Rosa. Sentía que la placa le daba un poder sobre los demás, que nada le podría pasar y que estaba más allá del bien y del mal. Y el poder suele ocultar a quien lo cree tener los obstáculos que presenta el camino. Rosa explicaba todo de una forma que resultaba demasiado fácil, muy sencilla para su gusto, todo cerraba excesivamente bien en la teoría, pero en la práctica las cosas siempre eran diferentes. Pero no quería decir nada para que la otra mujer no pensara que se oponía al plan por celos.


     Habían decidido charlar una noche en la casa de las dos mujeres. Rosa, sin el uniforme pero con la soberbia que le daba sentir que tenía la ley en sus manos, llegó y se sentó a la mesa del pequeño comedor como si fuera la dueña de la casa. Comenzó a impartir órdenes para que las otras dos sirvieran la comida, pusieran una botella de cerveza, reclamaba que no hubieran elegido comer un asado en  vez de una picada. Al fin, cuando todas se sentaron a comer, Rosa comenzó a explicar su plan.


-Analía es una carnada fácil para los hombres, los tipos se vuelven locos para conseguir acostarse con ella y para lograrlo, son capaces de darle lo que ella les pida. La cosa es que ella…digamos que pide poco, se conforma con pelotudeces, con zapatos, con ropa o perfumes. Es muy fácil para un tipo disimular con plata un gasto que para ellos es nada, porque no lo pagan con tarjeta y no queda registrado en ninguna parte. Lo que yo me pregunto es por qué conformarse con tan poco?


    Rosa hizo un silencio. Analía y Juliana se miraron sin comprender.


-¿Qué es lo que vos querés hacer?-preguntó Analía, ya que ella sería la que debería poner el cuerpo ante los caballeros que Rosa tenía pensado presentarle.

-Simple. Esos tipos tienen  plata cash en algún lado. No la declaran porque es guita negra, para no pagar tantos impuestos, para que en los divorcios les toque menos a las mujeres o porque no pueden justificar el origen porque ellos dicen que ganan menos y si la depositan los bancos deben alertar al Central con un registro de movimientos sospechosos e investigar a los tipos. Y ahí sí que tendrían problemas, jajaja, muchos más que con los divorcios y las esposas!!

-Seguís sin decir qué es lo que vamos a hacer.- volvió a decir Analía.

-Quiero que te los ganes. Que les hagas la novia. Que consigas averiguar en donde está la plata que esconden. Y una vez que hiciste eso, lo drogamos, le sacamos todo y nos vamos.


     Las mujeres se miraron incrédulas. Juliana intervino por primera vez.


-¿Así? ¿Tan fácil? ¿Vamos, le revolvemos la casa o donde sea que tenga la guita guardada y nos vamos? Analía se expone y la van a denunciar, a ella la van a reconocer. Es un riesgo!

-Juliana, esos tipos no pueden denunciar que les robaron plata que no existe.

-¿Seríamos como esas “viudas negras” que pasan en la tele?- preguntó Analía.

-Algo así. Vos serías quien los engancha, los envuelve y una vez que te dijeron en donde la guardan, les pones un somnífero en la bebida y cuando se duermen vamos nosotras y nos llevamos el botín.

  
   Rosa las vio dudando.  Necesitaba convencerlas a ambas mujeres para este trabajo. Era una mina de oro a explotar y ella quería llevarse el mayor filón.


-No se preocupen, no va a pasar nada. Los tipos no van a pasar por la vergüenza de decir que una piba les quitó los ahorros que nunca declararon al fisco. Es doble garantía de que podemos hacerlo tranquilas. Además,  al ser delito cometido por mujeres, van a caer en la comisaría donde yo estoy y después de tomarles la denuncia, las encajono y un juez las va a ver el día que el pasto crezca rosa.



2


     Rosa le había marcado a un hombre. Era bastante mayor,  un cardiólogo retirado que estaba muy bien económicamente. Era divorciado y tenía hijos grandes, ya casados y con sus propias familias. El viejo hacía su vida y le gustaba darse los gustos. No sería difícil que Analía lo atrajera y lograra su confianza. La diferencia con lo que hacía antes, es que debía estar más tiempo con el mismo hombre, fingir una especie de noviazgo, para lograr saber esos secretos que tanto le interesaban a Rosa.


     Roberto era caballeroso y gentil. Trabajaba por las tardes en un consultorio particular, en donde se mantenía entretenido, ubicado en un poblado algo alejado del centro de la ciudad. Y vivía en un barrio parque en donde cada propiedad ocupaba casi el espacio de toda una manzana, logrando una privacidad envidiable. La casa era demasiado grande para un hombre solo que pasaba muy poco tiempo allí. Al principio Analía estuvo limitada a la parte delantera de la casa, que mostraba una cocina abierta, con una barra desayunadora que conectaba a un comedor muy espacioso, con una mesa enorme para recibir a sus amigos, y  a una sala de estar en donde había varios sillones mullidos, rodeando una pantalla de televisor gigante y una mesa ratona en la que se podían apreciar diferentes bebidas alcohólicas, todas importadas y muy difíciles de conseguir.


     Al viejo le gustaba llevar gente de vez en cuando, sobre todo los fines de semana, para comer y divertirse, mientras jugaban partidos en la Play Station que había comprado con la excusa de que sus nietos estuvieran entretenidos cuando lo iban a visitar. A veces, alguno se quedaba a dormir y las comilonas duraban desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche, degustando asados, pollos, pizzas, picadas, todo regado por buenos vinos, cervezas y whisky.


     Tras un mes de salir con él y conocer un poco la casa, Analía aprovechó que Roberto se había quedado profundamente dormido luego de tener sexo para recorrer la casa. Caminó por los corredores, entró al escritorio, revisó algunos papeles que dejó en el mismo orden en que los había encontrado, miró detrás de los pocos cuadros que había colgados para ver si descubría una caja fuerte.


      Notó que la computadora estaba encendida, pero había quedado con la actividad suspendida. Tocó una tecla y la pantalla se iluminó. Buscó en los distintos archivos que se le aparecían para ver si encontraba algo que le brindara una pista del lugar en donde el viejo escondía su dinero. Rosa le había comentado que las cuentas bancarias registraban poco dinero y algún que otro movimiento mensual, pero que de ninguna manera se justificaba con su jubilación o los ingresos que tenía por el consultorio el tren de vida que llevaba.


      El nombre de un archivo le llamó la atención. “Ellos”. Abrió para encontrar una planilla de cálculos con fechas y números. La planilla había sido abierta hacía muchos años, en una columna decía la fecha, en otra columna una F o una M,  una tercera columna bajo el nombre “Aprox” se dividía en dos subcolumnas denominadas “meses” y “años” y debajo de cada una, también números. En una cuarta columna se leían cifras que deberían representar dinero ya que ninguna era inferior a 30.000. Y en una quinta columna figuraban palabras o nombres, “Parque”, “Loma”, “Otam”, “Mech”, “StaCla”, “PC”, “Regional”, “25”, “Puey”, “Mir”, “Samp” “Rold” y otros, que ella no podía comprender qué significaban, pero intuía que ese archivo era muy importante y una pista para averiguar de dónde salía el dinero que tan generosamente gastaba Roberto.


     Debería conseguir una memoria y grabar ese archivo para llevárselo a Rosa y que ella viera si podía averiguar de qué se trataban esos números, esos nombres y si serviría para descubrir en donde Roberto guardaba su dinero.




3



     Rosa miraba el diminuto aparato que Analía le había entregado.


-¿Para qué quiero esto?

-Es lo único que encontré en la casa, a ver si te da una pista del lugar en donde el viejo esconde la guita.

-¿Me vas a decir que hace un mes te acostas con él y todavía no lograste sacarle nada, imbécil?


     Rosa le dio una cachetada. Juliana se levantó de la silla para defender a su pareja. La mujer policía la detuvo con un gesto.


-Quedate ahí y no digas ni una palabra, porque te hago a vos una denuncia por violencia y vas en cana. ¿Te pensas que no puedo hacerlo? ¿O que esta puta va a desmentirme? Y si intenta desmentirme, le pego un tiro en la cabeza y se terminó todo, ¿entendieron?


     Juliana volvió a acomodarse en la silla, mientras Analía se pasaba la mano por la mejilla golpeada. Comprendió en ese momento que ambas corrían peligro y que debían, sí o sí, hacer todo lo que Rosa les dijera.


-Yo me voy a llevar esta mierda, la voy a revisar y espero que realmente tenga algo importante, porque si no ese sopapo va a ser una caricia al lado de lo que te voy a hacer ¿te quedó claro?


     Rosa se guardó la tarjeta en un bolsillo de la campera y salió del departamento. Las dos mujeres se quedaron solas. Analía se sentó junto a Juliana y buscó abrazarla. Pero obtuvo un rechazo y la mujer se levantó furiosa de su lugar.


-Dejame, no me toques.

-¿Qué te pasa? ¿Vos también me vas a pegar?

-Debería, por tu culpa estamos metidas en esto.

-¿Mi culpa? Te recuerdo que Rosa vino a hablar con las dos, y las dos estuvimos de acuerdo con esto.

-No, a mi esa mina nunca me cayó bien, si acepté fue por vos, que te gusta tanto la guita como respirar.

-Podías haberlo dicho en su momento, si te callaste, ahora jodete.

-“Podrías haberlo dicho en su momento, si te callaste, ahora jodete”- Juliana repitió en tono burlón las palabras de su amante.- Claro, es muy fácil, Rosa trajo la idea, a vos se te iban los ojos pensando en todas las pelotudeces que te ibas a comprar y yo era la que se oponía, si votábamos era dos contra una y ahora estaríamos teniendo esta misma conversación, nada más que yo sí podría estar cagándote a palos, porque me habría opuesto desde el principio, ¿eso querés decir?


     Analía intentó bajar el nivel de discusión. Prefería hacer silencio y más tarde, cuando se acostaran, buscaría tranquilizar a Juliana como ella sabía hacerlo.



4


     “Ellos”. Fechas, F o  M,  “Aprox”, “meses” y “años”. “Cifras”. “Parque”, “Loma”, “Otam”, “Mech”, “StaCla”, “PC”, “Regional”, “25”, “Puey”, “Mir”, “Samp” “Rold”.


     Mientras tomaba una cerveza y fumaba un cigarrillo, Rosa buscaba comprender ese crucigrama que era la planilla de cálculos que le había entregado Analía en la tarjeta de memoria. Era más que evidente que descifrando esas claves, se podría acceder a los ingresos non sanctos del medicucho ese, y quizás el lugar en donde guardaba el dinero.


     Le llamaba la atención la columna “cifras”. Esa debía estar expresando sumas de dinero: 30.000, 45.000, 60.000, 55.000, algunas superaban los cien mil, en las fechas más próximas se repetían más veces las cifras más grandes. Evidentemente en esos momentos, el médico habría recibido sumas enormes de dinero, pero ¿por qué? ¿Qué hacía este hombre para que le pagaran esos montos?       ¿Abortos clandestinos? ¿Cirugías fuera del ámbito hospitalario? Si era dinero ¿en qué moneda estaban expresadas estas anotaciones? ¿Y si fueran dólares y no pesos, como había pensado?


    Era un gran misterio la procedencia de ese dinero, porque evidentemente se trataba de mucha plata lo que ahí se estaba moviendo.



    

     La lógica le indicaba que algo habría ocurrido en las fechas indicadas, F/M debería referirse al sexo del posible paciente, “Aprox” podría hacer referencias a edades, pero no comprendía por qué se dividía en meses y años, o qué práctica le habría realizado a una criatura de diez meses o a una mujer de 35 años y que su tratamiento representara el mismo valor. Lo que realmente no lograba descubrir era que significaba “Or” y cada una de las abreviaturas que habían en esa columna.

  
   ¿En qué andaba el viejo este, para manejar tremendas cantidades de dinero? Era un cardiólogo de  oficina, tal vez en su juventud habría realizado alguna que otra intervención importante, pero la mayor parte de su vida, su práctica había sido evaluar las condiciones físicas de personas que asistían a un centro especializado en rehabilitaciones, para certificar qué actividades podían realizar en sus distintos tratamientos. Trabajaba por un sueldo y en su consultorio solo realizaba controles y firmaba recetas.


     Nunca supo que tuviera una especialización en cirugías estéticas o en algún tratamiento particular que le permitiera cobrar esas sumas. Dinero que, evidentemente no podía blanquear ante el fisco, ya que su cuenta registraba los movimientos propios de una persona retirada: el depósito de su jubilación, algunos retiros, compras con tarjeta, pero eran nimiedades al lado de los gastos que Roberto parecía tener cotidianamente.  La pregunta que se hacía era cómo averiguar cuáles eran esos trabajos que él hacía, para quién y cómo obtenía el dinero.


5


     Realizó un trabajo de hormiga. Cada momento libre que tenía, se encerraba en su casa a investigar las fechas para descubrir qué había ocurrido en alguno de los días marcados y encontrar una pista que la llevara a la fortuna que escondía Roberto Tibal.


     Le ordenó a Analía que siguiera con él hasta lograr que le contara de dónde obtenía dinero para vivir con tantos gastos, que fuera sutil y astuta, para no quedar en evidencia. Que si conseguían sacarle el botín que ella vislumbraba, podría estar mucho tiempo sin trabajar y dándose la gran vida.


     Decidió aprovechar una licencia para seguirlo. Tenía que investigar cada paso que daba el doctor hasta lograr saber qué hacía. Y no podía delegar esa tarea en nadie, porque representaba un socio más para repartir lo que encontraran. Demasiado que debería darle una parte a Juliana que no hacía nada en toda esta historia, solo explotar a Analía en su beneficio.


     Alquiló un auto y se quedó cerca de la entrada del barrio en donde vivía el cardiólogo. Afortunadamente no era un country, no contaba con seguridad ni personal de vigilancia, de manera que entrar o salir de ahí sería fácil y no habría registros ni cámaras que dejaran alguna huella de su paso por el lugar. Esperó bastante hasta que vio salir por la calle principal la camioneta del médico y, discretamente, la siguió. No quería llamarle la atención, pero tampoco creía que un hombre de su edad estuviera muy pendiente de si algún vehículo lo perseguía.


    Durante todo el trayecto, el hombre no hizo nada interesante. Fue hasta el centro, entró a un café, estuvo con unos amigos charlando, luego realizó unas compras en un local de ropa, fue a una rotisería y volvió a su coche. Regresó a su casa y se encerró en ella. Rosa estaba frustrada, enojada, cansada y quería irse a dormir, pero su tozudez para averiguar el origen del dinero que Roberto gastaba era más fuerte que su  cansancio.


     Decidió quedarse a una distancia prudencial para no ser advertida por nadie, ni levantar sospechas. Igualmente, hacía poco tiempo en ese mismo barrio habían allanado la vivienda de un estafador y podría justificar su presencia como tareas de inteligencia, siempre y cuando los vecinos se creyeran ese cuento y no llamaran a la fiscalía o a la dependencia policial para corroborar sus dichos. Se había acomodado en el asiento, a punto de dormirse cuando unas luces muy fuertes la despertaron. La camioneta de Roberto salía de su casa en plena madrugada. Tenía un terreno baldío enfrente de la propiedad, por lo que nadie notaría las luces, que iluminaban los portones que el hombre había ido a cerrar.


     Arrancó su auto y lo siguió. No tuvo mucho que recorrer, ya que Roberto salió del perímetro del barrio y cruzó a un aeroclub que estaba a pocos metros de ahí. Rosa no iba a poder ingresar y decidió quedarse sobre la ruta de acceso, y acercarse caminando lo más posible para lograr escuchar algo. Un pequeño avión amarillo se encontraba en la pista de aterrizajes, con los motores andando. Dos hombres estaban parados al lado y Roberto se les acercó. Conversaron un poco, le dieron una caja, siguieron cuchicheando y finalmente el médico se fue. Volvió hacia el portal de acceso al barrio parque e ingresó nuevamente a su casa. Rosa ya tenía la punta de ovillo para comenzar a investigar.



6



     El aeroparque era un lugar enorme, con mucho terreno, para que los diferentes aviones pudieran despegar, realizar maniobras y aterrizar con comodidad. Tenía varios hangares, todos galpones enormes, para poder guardar las aeronaves y hacerles arreglos sin chocarse unos con otros. Siempre había bastante gente dando vueltas, entre pilotos, mecánicos y  propietarios o invitados, que iban y venían. Llevaban a sus amigos a fanfarronear con los vuelos, algunos se quedaban mirando desde la pequeña confitería que había a la entrada, que oficiaba de quincho cuando en el lugar se hacían festejos o reuniones. Otros recorrían el lugar para quitarse los nervios que un primer vuelo les provocaba, haciendo ejercicios respiratorios de relajación.  Enfrente del club había un pequeño negocio, que proveía a los pocos vecinos de la zona y a algunos visitantes del aeroparque que querían comprar golosinas o bebidas que no conseguían en el bar del predio.



     Rosa entró sonriente. Una mujer la atendió, saludándola y preguntando qué estaba buscando. Rosa le marcó unas galletas y un chocolate. Mientras la mujer buscaba los productos, comenzó a hablar como consigo misma.


-Debe ser lindo acá de noche, no? Tranquilo, sin molestias, cuánta paz, me imagino!!!


     La mujer la miró sobre sus anteojos.

-¿Paz? La invito una noche a que intente dormir en mi casa, a ver si puede.


     Rosa puso cara de asombrada.


-¿Por qué? Si esto es campo y enfrente tiene el aeroclub!

-Precisamente por eso, señora. Porque está el aeroclub.

-¿Y qué tiene que ver?  El movimiento es de día, no la entiendo.


    Mientras la mujer anotaba las compras que Rosa estaba haciendo y las guardaba en una bolsa, le explicó:


-De noche vienen más aviones que de día. Pasan, aterrizan, tiran paquetes en paracaídas, van a buscarlos en los jeeps, vienen terribles autos de marca, con varios pibes, generalmente tomados, gritan, a veces pelean, no le miento si le digo que de vez en cuando se escucha algún tiro…¿Quiere más razones para no dormir?

-¿Y qué se supone que pasa?

-¿Y usted qué se imagina, señora?


     Se hizo un silencio entre ambas. Rosa tomó el paquete con los productos que había pedido. Tenía una palabra dando vueltas por la cabeza, pero prefería pecar de ingenua para no levantar sospechas ante la mujer. Hizo un leve movimiento de hombros como dando a entender que no se daba cuenta de nada. La almacenera hizo un grito bajo:


-¡Drogas, mujer, drogas! Usted no se imagina la libertad con la que estos hijos de puta de manejan, quién va a controlar lo que trae una avioneta de estas, que se supone que son recreativas. Muchas pertenecen a empresarios que se las regalan a los  hijos para que estén entretenidos, pero estos aparatos son carísimos y de alguna manera tienen que recuperar la inversión! Los “nenes” las usan para impresionar a las chicas pero no tienen la cabeza bien puesta para tomarse en serio las clases de vuelo y se olvidan de las naves hasta que se calientan con otra piba! Entonces alquilan los aviones para vuelos privados, que son narcos que transportan drogas!!


      Rosa escuchaba todo lo que decía esa mujer indignada, que necesitaba compartir con alguien sus noches de dormir mal, de tener miedo, de rezar porque uno de esos balazos al aire no cayera en su casa o en algún miembro de su familia, de saber la impunidad de quienes tenían amigos en la justicia o en la policía y cualquier intento de denuncia era debilitado diciendo que veían visiones y que en el aeroclub no pasaba nada, que todo era legal.


      Esa mujer había elegido ese barrio para vivir precisamente por la tranquilidad que creía que había en la zona, con la intención de que sus hijos pudieran tener una infancia más tranquila que en la ciudad. Cuando visitó la propiedad por primera vez, por la mañana, solo se escuchaban las aves y el sonido del viento entre las ramas de los árboles. Olvidar los bocinazos y el aire contaminado de vehículos, tener un jardín en donde poder pasar las tardes, respirar y vivir a un ritmo más lento. Tanto ella como su esposo aceptaron el negocio. Hicieron la mudanza, pero no fueron a vivir hasta pasado un mes, cuando habían terminado de hacer unos pequeños arreglos y pintar. Nunca habían pasado una noche en esa casa. Hasta esa primera noche en que supieron que no volverían a dormir tranquilos.


    Rosa pagó y se fue con toda esa información dando vueltas por la cabeza. ¿El viejo médico estaba involucrado en el tráfico de drogas? ¿Era un dealer? ¿Qué rol tenía? La única forma de comprobar los dichos de la mujer de la despensa era comenzar a pasar las noches cerca del aeroclub. Tal vez la elección de la casa de Roberto al elegir vivir dentro del barrio parque era precisamente la proximidad con este lugar, tener un acceso más discreto con sus proveedores y un barrio en donde nadie se metía en la vida de los vecinos, porque cada propiedad estaba a una distancia considerable de la otra.

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