1
Rosa y Analía se conocían desde hacía
muchos años. Rosa había ingresado a la fuerza policial como forma de obtener
ingresos seguros más que por vocación y Analía tenía actividades erráticas. De
repente trabajaba como repositora en algún mercado, o repartía volantes de
diferentes comercios, también había estado trabajando como ayudante en una
peluquería, a veces limpiando oficinas, pero nunca había durado más de tres o
cuatro meses en cada lugar. Iba buscando
lugares en donde ganara más dinero, realizando la menor cantidad posible de
tareas.
Analía convivía con otra mujer, Juliana,
con la que no solo compartían gastos. Era un pequeño departamento en un
complejo de edificios construido hacía muchos años, en donde habitaba la peor
calaña de la ciudad mezclada con humildes trabajadores que compraron sus
viviendas cuando el edificio se había inaugurado. Los malandrines se habían ido
sumando con los años, debido al complejo desarrollo que tenían las
construcciones, y que formaban una especie de conejera en la que podían
esconderse sin ser encontrados.
Analía
era particularmente bonita. Muchos hombres se sentían atraídos por ella y su
lesbianismo personal no le impedía relacionarse con alguno que otro señor, que
la invitaba a lugares caros o le hacía obsequios, que ella previamente había
elegido y comentado como por casualidad que no podía comprarse. Rosa había
notado la facilidad con la que su amiga conseguía sus caprichos y comenzó a
forjar una idea. Debería sentarse a charlar con las dos mujeres y convencerlas
de que podrían obtener muchos más beneficios si en vez de sacarles a los tipos
un par de botas de moda o algún perfume importado, lograban acceso a sus
cuentas bancarias o ahorros.
Juliana tenía cierta desconfianza de Rosa.
Sentía que la placa le daba un poder sobre los demás, que nada le podría pasar
y que estaba más allá del bien y del mal. Y el poder suele ocultar a quien lo
cree tener los obstáculos que presenta el camino. Rosa explicaba todo de una
forma que resultaba demasiado fácil, muy sencilla para su gusto, todo cerraba
excesivamente bien en la teoría, pero en la práctica las cosas siempre eran
diferentes. Pero no quería decir nada para que la otra mujer no pensara que se
oponía al plan por celos.
Habían decidido charlar una noche en la
casa de las dos mujeres. Rosa, sin el uniforme pero con la soberbia que le daba
sentir que tenía la ley en sus manos, llegó y se sentó a la mesa del pequeño
comedor como si fuera la dueña de la casa. Comenzó a impartir órdenes para que
las otras dos sirvieran la comida, pusieran una botella de cerveza, reclamaba
que no hubieran elegido comer un asado en
vez de una picada. Al fin, cuando todas se sentaron a comer, Rosa
comenzó a explicar su plan.
-Analía es una carnada fácil
para los hombres, los tipos se vuelven locos para conseguir acostarse con ella
y para lograrlo, son capaces de darle lo que ella les pida. La cosa es que
ella…digamos que pide poco, se conforma con pelotudeces, con zapatos, con ropa
o perfumes. Es muy fácil para un tipo disimular con plata un gasto que para
ellos es nada, porque no lo pagan con tarjeta y no queda registrado en ninguna
parte. Lo que yo me pregunto es por qué conformarse con tan poco?
Rosa hizo un silencio. Analía y Juliana se
miraron sin comprender.
-¿Qué es lo que vos querés
hacer?-preguntó Analía, ya que ella sería la que debería poner el cuerpo ante
los caballeros que Rosa tenía pensado presentarle.
-Simple. Esos tipos tienen plata cash en algún lado. No la declaran
porque es guita negra, para no pagar tantos impuestos, para que en los
divorcios les toque menos a las mujeres o porque no pueden justificar el origen
porque ellos dicen que ganan menos y si la depositan los bancos deben alertar
al Central con un registro de movimientos sospechosos e investigar a los tipos.
Y ahí sí que tendrían problemas, jajaja, muchos más que con los divorcios y las
esposas!!
-Seguís sin decir qué es lo que
vamos a hacer.- volvió a decir Analía.
-Quiero que te los ganes. Que
les hagas la novia. Que consigas averiguar en donde está la plata que esconden.
Y una vez que hiciste eso, lo drogamos, le sacamos todo y nos vamos.
Las mujeres se miraron incrédulas. Juliana
intervino por primera vez.
-¿Así? ¿Tan fácil? ¿Vamos, le
revolvemos la casa o donde sea que tenga la guita guardada y nos vamos? Analía
se expone y la van a denunciar, a ella la van a reconocer. Es un riesgo!
-Juliana, esos tipos no pueden
denunciar que les robaron plata que no existe.
-¿Seríamos como esas “viudas
negras” que pasan en la tele?- preguntó Analía.
-Algo así. Vos serías quien los
engancha, los envuelve y una vez que te dijeron en donde la guardan, les pones
un somnífero en la bebida y cuando se duermen vamos nosotras y nos llevamos el
botín.
Rosa las vio dudando. Necesitaba convencerlas a ambas mujeres para
este trabajo. Era una mina de oro a explotar y ella quería llevarse el mayor
filón.
-No se preocupen, no va a pasar
nada. Los tipos no van a pasar por la vergüenza de decir que una piba les quitó
los ahorros que nunca declararon al fisco. Es doble garantía de que podemos
hacerlo tranquilas. Además, al ser
delito cometido por mujeres, van a caer en la comisaría donde yo estoy y
después de tomarles la denuncia, las encajono y un juez las va a ver el día que
el pasto crezca rosa.
2
Rosa le había marcado a un hombre. Era
bastante mayor, un cardiólogo retirado
que estaba muy bien económicamente. Era divorciado y tenía hijos grandes, ya
casados y con sus propias familias. El viejo hacía su vida y le gustaba darse
los gustos. No sería difícil que Analía lo atrajera y lograra su confianza. La
diferencia con lo que hacía antes, es que debía estar más tiempo con el mismo
hombre, fingir una especie de noviazgo, para lograr saber esos secretos que
tanto le interesaban a Rosa.
Roberto era caballeroso y gentil.
Trabajaba por las tardes en un consultorio particular, en donde se mantenía
entretenido, ubicado en un poblado algo alejado del centro de la ciudad. Y
vivía en un barrio parque en donde cada propiedad ocupaba casi el espacio de
toda una manzana, logrando una privacidad envidiable. La casa era demasiado
grande para un hombre solo que pasaba muy poco tiempo allí. Al principio Analía
estuvo limitada a la parte delantera de la casa, que mostraba una cocina
abierta, con una barra desayunadora que conectaba a un comedor muy espacioso,
con una mesa enorme para recibir a sus amigos, y a una sala de estar en donde había varios
sillones mullidos, rodeando una pantalla de televisor gigante y una mesa ratona
en la que se podían apreciar diferentes bebidas alcohólicas, todas importadas y
muy difíciles de conseguir.
Al viejo le gustaba llevar gente de vez en
cuando, sobre todo los fines de semana, para comer y divertirse, mientras
jugaban partidos en la Play Station que había comprado con la excusa de que sus
nietos estuvieran entretenidos cuando lo iban a visitar. A veces, alguno se
quedaba a dormir y las comilonas duraban desde el viernes por la tarde hasta el
domingo por la noche, degustando asados, pollos, pizzas, picadas, todo regado
por buenos vinos, cervezas y whisky.
Tras un mes de salir con él y conocer un
poco la casa, Analía aprovechó que Roberto se había quedado profundamente
dormido luego de tener sexo para recorrer la casa. Caminó por los corredores,
entró al escritorio, revisó algunos papeles que dejó en el mismo orden en que
los había encontrado, miró detrás de los pocos cuadros que había colgados para
ver si descubría una caja fuerte.
Notó que la computadora estaba encendida, pero
había quedado con la actividad suspendida. Tocó una tecla y la pantalla se
iluminó. Buscó en los distintos archivos que se le aparecían para ver si
encontraba algo que le brindara una pista del lugar en donde el viejo escondía
su dinero. Rosa le había comentado que las cuentas bancarias registraban poco
dinero y algún que otro movimiento mensual, pero que de ninguna manera se
justificaba con su jubilación o los ingresos que tenía por el consultorio el
tren de vida que llevaba.
El
nombre de un archivo le llamó la atención. “Ellos”. Abrió para encontrar una
planilla de cálculos con fechas y números. La planilla había sido abierta hacía
muchos años, en una columna decía la fecha, en otra columna una F o una M, una tercera columna bajo el nombre “Aprox” se
dividía en dos subcolumnas denominadas “meses” y “años” y debajo de cada una,
también números. En una cuarta columna se leían cifras que deberían representar
dinero ya que ninguna era inferior a 30.000. Y en una quinta columna figuraban
palabras o nombres, “Parque”, “Loma”, “Otam”, “Mech”, “StaCla”, “PC”,
“Regional”, “25”, “Puey”, “Mir”, “Samp” “Rold” y otros, que ella no podía
comprender qué significaban, pero intuía que ese archivo era muy importante y
una pista para averiguar de dónde salía el dinero que tan generosamente gastaba
Roberto.
Debería conseguir una memoria y grabar ese
archivo para llevárselo a Rosa y que ella viera si podía averiguar de qué se
trataban esos números, esos nombres y si serviría para descubrir en donde
Roberto guardaba su dinero.
3
Rosa miraba el diminuto aparato que Analía
le había entregado.
-¿Para qué quiero esto?
-Es lo único que encontré en la
casa, a ver si te da una pista del lugar en donde el viejo esconde la guita.
-¿Me vas a decir que hace un
mes te acostas con él y todavía no lograste sacarle nada, imbécil?
Rosa le dio una cachetada. Juliana se
levantó de la silla para defender a su pareja. La mujer policía la detuvo con
un gesto.
-Quedate ahí y no digas ni una
palabra, porque te hago a vos una denuncia por violencia y vas en cana. ¿Te
pensas que no puedo hacerlo? ¿O que esta puta va a desmentirme? Y si intenta
desmentirme, le pego un tiro en la cabeza y se terminó todo, ¿entendieron?
Juliana volvió a acomodarse en la silla,
mientras Analía se pasaba la mano por la mejilla golpeada. Comprendió en ese
momento que ambas corrían peligro y que debían, sí o sí, hacer todo lo que Rosa
les dijera.
-Yo me voy a llevar esta
mierda, la voy a revisar y espero que realmente tenga algo importante, porque
si no ese sopapo va a ser una caricia al lado de lo que te voy a hacer ¿te
quedó claro?
Rosa se guardó la tarjeta en un bolsillo
de la campera y salió del departamento. Las dos mujeres se quedaron solas.
Analía se sentó junto a Juliana y buscó abrazarla. Pero obtuvo un rechazo y la
mujer se levantó furiosa de su lugar.
-Dejame, no me toques.
-¿Qué te pasa? ¿Vos también me
vas a pegar?
-Debería, por tu culpa estamos
metidas en esto.
-¿Mi culpa? Te recuerdo que
Rosa vino a hablar con las dos, y las dos estuvimos de acuerdo con esto.
-No, a mi esa mina nunca me
cayó bien, si acepté fue por vos, que te gusta tanto la guita como respirar.
-Podías haberlo dicho en su
momento, si te callaste, ahora jodete.
-“Podrías haberlo dicho en su
momento, si te callaste, ahora jodete”- Juliana repitió en tono burlón las
palabras de su amante.- Claro, es muy fácil, Rosa trajo la idea, a vos se te
iban los ojos pensando en todas las pelotudeces que te ibas a comprar y yo era
la que se oponía, si votábamos era dos contra una y ahora estaríamos teniendo
esta misma conversación, nada más que yo sí podría estar cagándote a palos,
porque me habría opuesto desde el principio, ¿eso querés decir?
Analía intentó bajar el nivel de
discusión. Prefería hacer silencio y más tarde, cuando se acostaran, buscaría
tranquilizar a Juliana como ella sabía hacerlo.
4
“Ellos”. Fechas, F o M, “Aprox”,
“meses” y “años”. “Cifras”. “Parque”, “Loma”, “Otam”, “Mech”, “StaCla”, “PC”,
“Regional”, “25”, “Puey”, “Mir”, “Samp” “Rold”.
Mientras tomaba una cerveza y fumaba un
cigarrillo, Rosa buscaba comprender ese crucigrama que era la planilla de
cálculos que le había entregado Analía en la tarjeta de memoria. Era más que
evidente que descifrando esas claves, se podría acceder a los ingresos non
sanctos del medicucho ese, y quizás el lugar en donde guardaba el dinero.
Le llamaba la atención la columna
“cifras”. Esa debía estar expresando sumas de dinero: 30.000, 45.000, 60.000,
55.000, algunas superaban los cien mil, en las fechas más próximas se repetían
más veces las cifras más grandes. Evidentemente en esos momentos, el médico
habría recibido sumas enormes de dinero, pero ¿por qué? ¿Qué hacía este hombre
para que le pagaran esos montos? ¿Abortos
clandestinos? ¿Cirugías fuera del ámbito hospitalario? Si era dinero ¿en qué
moneda estaban expresadas estas anotaciones? ¿Y si fueran dólares y no pesos,
como había pensado?
Era un gran misterio la procedencia de ese
dinero, porque evidentemente se trataba de mucha plata lo que ahí se estaba
moviendo.

La lógica le indicaba que algo habría
ocurrido en las fechas indicadas, F/M debería referirse al sexo del posible
paciente, “Aprox” podría hacer referencias a edades, pero no comprendía por qué
se dividía en meses y años, o qué práctica le habría realizado a una criatura
de diez meses o a una mujer de 35 años y que su tratamiento representara el
mismo valor. Lo que realmente no lograba descubrir era que significaba “Or” y
cada una de las abreviaturas que habían en esa columna.
¿En qué andaba el viejo este, para manejar
tremendas cantidades de dinero? Era un cardiólogo de oficina, tal vez en su juventud habría
realizado alguna que otra intervención importante, pero la mayor parte de su
vida, su práctica había sido evaluar las condiciones físicas de personas que
asistían a un centro especializado en rehabilitaciones, para certificar qué
actividades podían realizar en sus distintos tratamientos. Trabajaba por un
sueldo y en su consultorio solo realizaba controles y firmaba recetas.
Nunca supo que tuviera una especialización
en cirugías estéticas o en algún tratamiento particular que le permitiera
cobrar esas sumas. Dinero que, evidentemente no podía blanquear ante el fisco,
ya que su cuenta registraba los movimientos propios de una persona retirada: el
depósito de su jubilación, algunos retiros, compras con tarjeta, pero eran
nimiedades al lado de los gastos que Roberto parecía tener cotidianamente. La pregunta que se hacía era cómo averiguar
cuáles eran esos trabajos que él hacía, para quién y cómo obtenía el dinero.
5
Realizó un trabajo de hormiga. Cada
momento libre que tenía, se encerraba en su casa a investigar las fechas para
descubrir qué había ocurrido en alguno de los días marcados y encontrar una
pista que la llevara a la fortuna que escondía Roberto Tibal.
Le ordenó a Analía que siguiera con él
hasta lograr que le contara de dónde obtenía dinero para vivir con tantos
gastos, que fuera sutil y astuta, para no quedar en evidencia. Que si
conseguían sacarle el botín que ella vislumbraba, podría estar mucho tiempo sin
trabajar y dándose la gran vida.
Decidió aprovechar una licencia para
seguirlo. Tenía que investigar cada paso que daba el doctor hasta lograr saber
qué hacía. Y no podía delegar esa tarea en nadie, porque representaba un socio
más para repartir lo que encontraran. Demasiado que debería darle una parte a
Juliana que no hacía nada en toda esta historia, solo explotar a Analía en su
beneficio.
Alquiló un auto y se quedó cerca de la
entrada del barrio en donde vivía el cardiólogo. Afortunadamente no era un
country, no contaba con seguridad ni personal de vigilancia, de manera que
entrar o salir de ahí sería fácil y no habría registros ni cámaras que dejaran
alguna huella de su paso por el lugar. Esperó bastante hasta que vio salir por
la calle principal la camioneta del médico y, discretamente, la siguió. No
quería llamarle la atención, pero tampoco creía que un hombre de su edad
estuviera muy pendiente de si algún vehículo lo perseguía.
Durante todo el trayecto, el hombre no hizo
nada interesante. Fue hasta el centro, entró a un café, estuvo con unos amigos
charlando, luego realizó unas compras en un local de ropa, fue a una rotisería
y volvió a su coche. Regresó a su casa y se encerró en ella. Rosa estaba
frustrada, enojada, cansada y quería irse a dormir, pero su tozudez para
averiguar el origen del dinero que Roberto gastaba era más fuerte que su cansancio.
Decidió quedarse a una distancia
prudencial para no ser advertida por nadie, ni levantar sospechas. Igualmente,
hacía poco tiempo en ese mismo barrio habían allanado la vivienda de un
estafador y podría justificar su presencia como tareas de inteligencia, siempre
y cuando los vecinos se creyeran ese cuento y no llamaran a la fiscalía o a la
dependencia policial para corroborar sus dichos. Se había acomodado en el
asiento, a punto de dormirse cuando unas luces muy fuertes la despertaron. La
camioneta de Roberto salía de su casa en plena madrugada. Tenía un terreno
baldío enfrente de la propiedad, por lo que nadie notaría las luces, que
iluminaban los portones que el hombre había ido a cerrar.
Arrancó su auto y lo siguió. No tuvo mucho
que recorrer, ya que Roberto salió del perímetro del barrio y cruzó a un
aeroclub que estaba a pocos metros de ahí. Rosa no iba a poder ingresar y
decidió quedarse sobre la ruta de acceso, y acercarse caminando lo más posible
para lograr escuchar algo. Un pequeño avión amarillo se encontraba en la pista
de aterrizajes, con los motores andando. Dos hombres estaban parados al lado y
Roberto se les acercó. Conversaron un poco, le dieron una caja, siguieron
cuchicheando y finalmente el médico se fue. Volvió hacia el portal de acceso al
barrio parque e ingresó nuevamente a su casa. Rosa ya tenía la punta de ovillo
para comenzar a investigar.
6
El aeroparque era un lugar enorme, con
mucho terreno, para que los diferentes aviones pudieran despegar, realizar
maniobras y aterrizar con comodidad. Tenía varios hangares, todos galpones
enormes, para poder guardar las aeronaves y hacerles arreglos sin chocarse unos
con otros. Siempre había bastante gente dando vueltas, entre pilotos, mecánicos
y propietarios o invitados, que iban y
venían. Llevaban a sus amigos a fanfarronear con los vuelos, algunos se
quedaban mirando desde la pequeña confitería que había a la entrada, que
oficiaba de quincho cuando en el lugar se hacían festejos o reuniones. Otros recorrían
el lugar para quitarse los nervios que un primer vuelo les provocaba, haciendo
ejercicios respiratorios de relajación.
Enfrente del club había un pequeño negocio, que proveía a los pocos
vecinos de la zona y a algunos visitantes del aeroparque que querían comprar
golosinas o bebidas que no conseguían en el bar del predio.
Rosa entró sonriente. Una mujer la
atendió, saludándola y preguntando qué estaba buscando. Rosa le marcó unas
galletas y un chocolate. Mientras la mujer buscaba los productos, comenzó a
hablar como consigo misma.
-Debe ser lindo acá de noche,
no? Tranquilo, sin molestias, cuánta paz, me imagino!!!
La mujer la miró sobre sus anteojos.
-¿Paz? La invito una noche a
que intente dormir en mi casa, a ver si puede.
Rosa puso cara de asombrada.
-¿Por qué? Si esto es campo y
enfrente tiene el aeroclub!
-Precisamente por eso, señora.
Porque está el aeroclub.
-¿Y qué tiene que ver? El movimiento es de día, no la entiendo.
Mientras la mujer anotaba las compras que
Rosa estaba haciendo y las guardaba en una bolsa, le explicó:
-De noche vienen más aviones
que de día. Pasan, aterrizan, tiran paquetes en paracaídas, van a buscarlos en
los jeeps, vienen terribles autos de marca, con varios pibes, generalmente
tomados, gritan, a veces pelean, no le miento si le digo que de vez en cuando
se escucha algún tiro…¿Quiere más razones para no dormir?
-¿Y qué se supone que pasa?
-¿Y usted qué se imagina,
señora?
Se hizo un silencio entre ambas. Rosa tomó
el paquete con los productos que había pedido. Tenía una palabra dando vueltas
por la cabeza, pero prefería pecar de ingenua para no levantar sospechas ante
la mujer. Hizo un leve movimiento de hombros como dando a entender que no se
daba cuenta de nada. La almacenera hizo un grito bajo:
-¡Drogas, mujer, drogas! Usted
no se imagina la libertad con la que estos hijos de puta de manejan, quién va a
controlar lo que trae una avioneta de estas, que se supone que son recreativas.
Muchas pertenecen a empresarios que se las regalan a los hijos para que estén entretenidos, pero estos
aparatos son carísimos y de alguna manera tienen que recuperar la inversión!
Los “nenes” las usan para impresionar a las chicas pero no tienen la cabeza
bien puesta para tomarse en serio las clases de vuelo y se olvidan de las naves
hasta que se calientan con otra piba! Entonces alquilan los aviones para vuelos
privados, que son narcos que transportan drogas!!
Rosa
escuchaba todo lo que decía esa mujer indignada, que necesitaba compartir con
alguien sus noches de dormir mal, de tener miedo, de rezar porque uno de esos
balazos al aire no cayera en su casa o en algún miembro de su familia, de saber
la impunidad de quienes tenían amigos en la justicia o en la policía y
cualquier intento de denuncia era debilitado diciendo que veían visiones y que
en el aeroclub no pasaba nada, que todo era legal.
Esa
mujer había elegido ese barrio para vivir precisamente por la tranquilidad que
creía que había en la zona, con la intención de que sus hijos pudieran tener
una infancia más tranquila que en la ciudad. Cuando visitó la propiedad por
primera vez, por la mañana, solo se escuchaban las aves y el sonido del viento
entre las ramas de los árboles. Olvidar los bocinazos y el aire contaminado de
vehículos, tener un jardín en donde poder pasar las tardes, respirar y vivir a
un ritmo más lento. Tanto ella como su esposo aceptaron el negocio. Hicieron la
mudanza, pero no fueron a vivir hasta pasado un mes, cuando habían terminado de
hacer unos pequeños arreglos y pintar. Nunca habían pasado una noche en esa
casa. Hasta esa primera noche en que supieron que no volverían a dormir
tranquilos.
Rosa pagó y se fue con toda esa información
dando vueltas por la cabeza. ¿El viejo médico estaba involucrado en el tráfico
de drogas? ¿Era un dealer? ¿Qué rol tenía? La única forma de comprobar los
dichos de la mujer de la despensa era comenzar a pasar las noches cerca del
aeroclub. Tal vez la elección de la casa de Roberto al elegir vivir dentro del
barrio parque era precisamente la proximidad con este lugar, tener un acceso
más discreto con sus proveedores y un barrio en donde nadie se metía en la vida
de los vecinos, porque cada propiedad estaba a una distancia considerable de la
otra.
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