Hijo de Nadie. Sexta Parte.



1



     Frente a su computadora, David le daba vueltas al asesinato de Roberto. Todo se había manejado de una forma diferente a otros casos, en donde la prensa tenía casi libre acceso a la escena del crimen. Todos se imaginaban que las investigaciones de homicidios ocurrían como en las películas norteamericanas, en donde el personal usaba guantes descartables, barbijos, resguardaban hasta la última pelusa que encontraran para determinar el ADN de quienes cometieron el delito, se tomaban huellas dactilares y, en un abrir y cerrar de ojos, una supercomputadora comparaba con los registros de los habitantes del país y ¡voilá! atrapaban al asesino.


     No, en este país las cosas eran diferentes. Un fiscal podía tranquilamente tomar el café que había quedado en la cafetera del muerto, mientras comía alguna factura que encontrara en los estantes y al mismo tiempo charlaba con los medios, que sacaban más y  mejores fotos que los propios policías en una especie de tour de visitantes japoneses por eso que llamaban “la escena del crimen”.


      Sin embargo, en el crimen del cardiólogo las cosas habían sido diferentes. Habían puesto un precinto en la zona,  dejando un perímetro bastante lejano, y se había mantenido un hermetismo con la prensa casi inédito. Pocas veces el “secreto de sumario” se había instalado tan pronto en un  homicidio. Además, estaba el móvil del crimen. Nada faltaba en la casa, ni computadoras o celulares, equipos. El cuerpo tenía su cadena de oro y dentro de la camioneta habían aparecido las pertenencias del doctor, junto a su billetera, en donde estaban todas las tarjetas de crédito y una suma importante de dinero en efectivo.

  
    Si hubieran querido robar, se habrían llevado el dinero y las pocas joyas que usaba el hombre. La camioneta era otro detalle que inquietaba a David. El médico había desaparecido un jueves, lo mataron un viernes por la noche, lo encontraron el sábado por la tarde y la camioneta recién apareció el jueves siguiente. Se la buscó por toda la ciudad, sin embargo nadie había aportado ningún dato concreto. Hasta que, misteriosamente, la vieron estacionada en un lugar totalmente alejado tanto de la casa como del lugar del crimen, en cercanías de la ciudad, frente a un descampado.  Lo extraño era que por cualquiera de los recorridos que pudiera haber realizado quien condujera la camioneta, habían cámaras de seguridad que registrasen su paso y, dependiendo de la calidad de la misma, una imagen del rostro del conductor.


     Tras el reconocimiento del cadáver por parte de la familia, poco más se supo. La pista de la mujer  era algo difusa y era muy poca la información que se tenía sobre ella. Nadie del entorno familiar de Roberto Tibal la había llegado a conocer y no había registros de cámaras de seguridad que permitieran conocer su rostro, para identificarla y llamarla a declarar.



2


      Un mensaje lo despertó.  El zumbido de su teléfono celular era uno de los pocos sonidos que podían despertarlo en medio de un sueño profundo. David despertó lentamente, miró a su esposa que dormía sin haberse dado cuenta de nada y tomó el teléfono.


“Apareció la chica. Está declarando en fiscalía. Apurate.”


     Intentó levantarse sin hacer ruido, pero Patricia se despertó.


-¿Qué pasa?

-Nada, seguí durmiendo, tengo que salir.


    Ella tomó su reloj pulsera y miró la hora.


-¡Son las dos de la mañana! ¿A dónde vas?

-Una información sobre el caso del médico que mataron.

-David ¿no hay otro en la radio para que haga ese trabajo?


     Mientras se vestía apuradamente, David se inclinó sobre su esposa, le dio un beso en la frente y lacónicamente dijo:


-No.


      Tomó un abrigo, fue a su escritorio para tomar las baterías extras de su celular, las llaves y salió. En su camioneta recibió más mensajes.


“La piba acusa a otra mujer. Es cana.  Parece que serían viudas negras.”

“¿Quién es cana? ¿La chica de 30?”

“No, otra mujer. Estuvo con ella. Fue la que lo mató al viejo.”


     David no comprendía. Bajó la ventanilla de su vehículo para despejarse un poco con el aire fresco de la noche y condujo hasta la fiscalía. Pensaba en que si esas mujeres quisieron robar a Tibal, fallaron en su propósito ya que no se habían llevado nada. ¿No habría sido más sencillo llevarse cosas de valor, dejar el cuerpo en la casa y que todo quedara como un intento de robo? ¿Para qué trasladarlo a un sector tan alejado de la ciudad? ¿Por qué arriesgarse a un control vehicular llevando un cadáver en el baúl?



3



     Mientras David esperaba en el pasillo de la fiscalía a que le dieran más información sobre lo que estaba ocurriendo dentro de la oficina con la mujer que estaba declarando, supo que había aparecido la camioneta del hombre asesinado, de la que desde el momento de la desaparición de Tibal no se sabía nada.


      Los mensajes le indicaban que esa camioneta había hecho un enorme trayecto entre la vivienda del médico, el lugar en donde dejaron el cuerpo y el sitio en el que finalmente apareció. Siete días en los que ninguna cámara de seguridad, que había por las avenidas y lugares de alta circulación vehicular, no habían captado nada. Siete días en los que ese vehículo pudo ser utilizado para cometer otros crímenes. Una semana en la que, por lo que decía su informante, no faltaba ningún papel, la patente no había sido retirada


     David se impacientaba y jugaba con su llavero. No le gustaba ese tiempo muerto, en donde tenía que esperar sin hacer nada, sin poder preguntar, sin tener a dónde ir, porque en cualquier momento la puerta se abriría y, tal vez, muchas de sus inquietudes obtendrían alguna respuesta.


     Detrás de la pared se escuchaban voces, murmullos, algún sollozo. Y el constante sonido de las teclas del oficial que tomaba nota de todo, mientras el fiscal tomaba la declaración indagatoria. La mujer se había presentado voluntariamente. Y había denunciado a una cómplice. ¿Cómo dos mujeres pudieron lastimar tanto al viejo? ¿Qué ocurrió esa noche?


     Un mensaje lo sacó de su ensimismamiento. Era de una amiga que le planteaba una hipótesis impensada. Miles de preguntas comenzaron a dar vueltas en su mente, ya que habría miles de caminos posibles.


“¿Qué vínculo hay entre la muerte del médico y la del nene?”


4


     David no había pensado nunca en vincular los dos crímenes. Lo único que sabía que la sensibilidad de la gente, o el morbo, se había volcado hacia el tremendo hallazgo del niño mutilado y el caso del hombre había caído en el interés general. Los dueños y directores de la radio movían las velas según soplara el viento y en apenas dos días, la brutal muerte de un  médico que por los mensajes de la audiencia había sido muy querido, fue dejada de lado para capturar toda la información posible sobre la identidad de esa criatura y a qué se debía que le hubieran hecho semejante aberración.


     Dos días de diferencia. Casi cien kilómetros entre un cuerpo y el otro. ¿Qué conexión podría haber? Al niño le habían realizado ablaciones de todos los órganos de su cuerpo y se encontraban realizando estudios desde las distintas áreas para averiguar quién y de dónde era. El hombre era un cardiólogo que se encontraba retirado, pero ejercía una práctica médica en su consultorio, no era cirujano. El único nexo en común podría ser que a ambos cuerpos los encontraron a la vera de caminos, abandonados en medio de pastizales.


     David no veía ningún vínculo entre esos casos. Solo casualidad temporal. La crueldad con la que mutilaron el cuerpo del chiquito podría deberse a un rito, a una locura de alguien, morbo, maldad, algo muy oscuro del alma humana. Lo del cardiólogo era simplemente un robo por parte de dos personas dedicadas a robarles a hombres solos, que buscaban compañía sin importar quién fuera.


     No, decididamente para David esas muertes no estaban vinculadas. Descartaba la posibilidad en forma definitiva. Respondió el mensaje con una sola palabra: “ninguno” y guardó su teléfono en el bolsillo mientras esperaba que la mujer terminase de declarar y pudiera saber qué había dicho.



 5



     “Rosa me propuso un negocio, conocer hombres con plata y una vez que entrara en confianza, averiguar cómo guardaban sus ahorros y sacárselos. Sonaba fácil y ella dijo que se iba a encargar de la parte difícil, mi trabajo sería solo conquistarlos, salir con ellos, aparentar una relación y después desaparecer cuando les robáramos. Al principio tuve mis dudas, porque existía la posibilidad de que me denunciaran a mí, que solo quedara expuesta yo en este asunto. Rosa me aseguró que no iba a pasar nada, que los tipos no me iban a denunciar por vergüenza a decir que una mujer les sacó dinero de esa forma, no querrían quedar como tontos ante sus amigos y además que la denuncia caería en la dependencia en donde ella trabajaba, que podría eliminarla o destruirla.


Me dio los datos de Roberto, me dijo que era un viejo que tenía mucha plata, que vivía muy bien y que debía tener ahorros guardados en algún lado de la casa, porque en su cuenta bancaria no había grandes movimientos, que cobraba su jubilación, que no era tanto como para justificar la forma de vida que tenía, que seguramente el viejo la guardaba en algún lado. Me acerqué a él, entramos en confianza y no me costó mucho para que me invitara a salir y tener una relación. Conmigo era muy atento, divertido, me hacía regalos, íbamos a comer. Después me llevó a la casa, me empecé a quedar a dormir y me dijo que si quería instalarme, para no estar yendo y viniendo, que a él le parecía bien.


Me instalé con algunas cosas y un día recorrí la casa. No encontré nada, busqué por todos lados, pero Roberto no tenía cajas fuertes, escondites ni nada que se le pareciera a un lugar en donde guardar plata.  Sólo encontré un archivo en la computadora, me llamó la atención, así que conseguí una tarjeta de memoria, lo bajé y se lo pasé a Rosa para que averiguara de qué se trataba y si servía para saber en dónde tenía la plata Roberto.



 Tuvimos una discusión muy fuerte, porque ella creía que yo no estaba haciendo lo que habíamos acordado. Pero después se puso muy rara, no quiso decirme mucho y cuando le pregunté si había encontrado algo en el archivo, me respondió mal y me dijo que era una inútil, que no la estorbara y que me ocupara de cumplir con mi parte en el plan, que era ablandar al viejo y que me dijera en donde guardaba el dinero que tenía.


Pasó un tiempo y me dijo que tenía que darle un punto final al tema, que estábamos perdiendo mucho tiempo y había que apurar con Roberto para pasar a otro candidato que tenía en vista.  Me pidió que la metiera en la casa cuando él no estuviera, cuando llegó Roberto se escondió y recién apareció cuando estaba distraído. Lo golpeó, él se desvaneció, lo llevamos a la sala, Rosa le sacó la ropa y lo ató. Cuando se despertó, él empezó a gritar, Rosa le tapó la boca con la mano, me dijo que fuera a buscar unas medias al cuarto, lo hice y se las puso en la boca, era para que algún vecino no escuchara los gritos del viejo cuando ella le pegaba. Quería que le dijera donde guardaba la plata y él no decía ni una palabra. Le pegó, mucho, creo que Roberto no aguantó demasiado porque era chiquito de cuerpo.


En un momento me pide que le busque algo fuerte para tomar, pero se lo da al viejo, era para ver si emborrachándolo hablaba. Roberto no respondía, la cabeza le bailaba sobre el pecho. En ese momento nos damos cuenta de que estaba muerto. Rosa busca algo para envolverlo y meterlo en la camioneta y le pasa la cinta de embalar para que quede más cómodo transportarlo, usamos una manta para arrastrarlo, lo subimos a la camioneta y buscamos una pala. No sé bien a donde fuimos, porque manejaba Rosa. Hicimos un pozo, metimos al viejo y volvimos a la casa. Revolvimos todo, pero nunca encontramos la fortuna que Rosa decía que tenía.


Nos fuimos porque ella sabía que en algún momento podía llegar algún amigo o familiar de Roberto, dejamos todo lo más ordenado posible y Rosa me dijo que yo me llevara la camioneta, que la siguiera. Ella tenía un coche que había alquilado, lo devolvió y después de dejarme en mi casa, se llevó la camioneta no sé a dónde. Me dijo que si abría la boca me iba a matar, que tuviera cuidado con quién hablaba y qué decía, y que jamás se me ocurriera involucrarla en la muerte del viejo.


Pasaron unos días y Juliana, mi pareja, me preguntó qué había pasado, que me notaba nerviosa y si habíamos logrado sacarle algo a él. Yo traté de aguantarme pero en un momento me puse mal, me desbordé y le conté todo lo que había pasado. Estoy acá declarando porque ella me lo recomendó, me dijo que la mejor forma de protegerme era hablando y denunciando a Rosa. Ella fue quien mató a Roberto Tibal.”

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